viernes, 19 de enero de 2018

Santo Evangelio 19 de enero 2018


Día litúrgico: Viernes II del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mc 3,13-19): En aquel tiempo, Jesús subió al monte y llamó a los que Él quiso; y vinieron donde Él. Instituyó Doce, para que estuvieran con Él, y para enviarlos a predicar con poder de expulsar los demonios. Instituyó a los Doce y puso a Simón el nombre de Pedro; a Santiago el de Zebedeo y a Juan, el hermano de Santiago, a quienes puso por nombre Boanerges, es decir, hijos del trueno; a Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago el de Alfeo, Tadeo, Simón el Cananeo y Judas Iscariote, el mismo que le entregó.

«Jesús subió al monte y llamó a los que Él quiso»
Rev. D. Llucià POU i Sabater 
(Granada, España)


Hoy, el Evangelio condensa la teología de la vocación cristiana: el Señor elige a los que quiere para estar con Él y enviarlos a ser apóstoles (cf. Mc 3,13-14). En primer lugar, los elige: antes de la creación del mundo, nos ha destinado a ser santos (cf. Ef 1,4). Nos ama en Cristo, y en Él nos modela dándonos las cualidades para ser hijos suyos. Sólo en vistas a la vocación se entienden nuestras cualidades; la vocación es el “papel” que nos ha dado en la redención. Es en el descubrimiento del íntimo “por qué” de mi existencia cuando me siento plenamente “yo”, cuando vivo mi vocación.

¿Y para qué nos ha llamado? Para estar con Él. Esta llamada implica correspondencia: «Un día —no quiero generalizar, abre tu corazón al Señor y cuéntale tu historia—, quizá un amigo, un cristiano corriente igual a ti, te descubrió un panorama profundo y nuevo, siendo al mismo tiempo viejo como el Evangelio. Te sugirió la posibilidad de empeñarte seriamente en seguir a Cristo, en ser apóstol de apóstoles. Tal vez perdiste entonces la tranquilidad y no la recuperaste, convertida en paz, hasta que libremente, porque te dio la gana —que es la razón más sobrenatural—, respondiste que sí a Dios. Y vino la alegría, recia, constante, que sólo desaparece cuando te apartas de El» (San Josemaría). 

Es don, pero también tarea: santidad mediante la oración y los sacramentos, y, además, la lucha personal. «Todos los fieles de cualquier estado y condición de vida están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad, santidad que, aún en la sociedad terrena, promueve un modo más humano de vivir» (Concilio Vaticano II).

Así, podemos sentir la misión apostólica: llevar a Cristo a los demás; tenerlo y llevarlo. Hoy podemos considerar más atentamente la llamada, y afinar en algún detalle de nuestra respuesta de amor.

Era cirujana en Urgencias y entró en crisis ante tanto dolor: un milagro en su paciente la convirtió

Era cirujana en Urgencias y entró en crisis ante tanto dolor: un milagro en su paciente la convirtió

Tras observar una curación inexplicable, el Evangelio se le iluminó

Era cirujana en Urgencias y entró en crisis ante tanto dolor: un milagro en su paciente la convirtió

Kathryn L. Butler se convirtió al ser testigo de un milagro en un momento en el que en su vida sólo había escepticismo


¿Qué ocurre cuando la persona que salva vidas en momentos extremos empieza a no encontrar la razón de vivir tras ver tanto sufrimiento, mal y violencia? Esto es lo que durante un tiempo le ocurrió a una cirujana del servicio de urgencias de un hospital en el que trataba a diario a pacientes que llegaban debatiéndose entre la vida y la muerte.

Se trata de Kathryn L. Butler, que sufrió una gran crisis existencial al ver tanto mal y sufrimiento en su trabajo, en muchos casos provocado por el propio ser humano.

Todavía recuerda como si fuera ayer aquellos momentos que le hicieron caer en esta crisis existencial. Sala de urgencias, prisas, nervios…”Mis ojos siguen el monitor cardíaco. La distancia entre los latidos de mi paciente se alargaba. El ritmo descendente significaba que la sangre, que fluía de su cráneo fracturado, estaba expulsando el cerebro. Tenía 22 años y mientras dormía alguien le golpeó con un bate de béisbol. Su esposa, que dormía junto a él, había muerto durante el asalto. Su hijo de cuatro años había sido testigo de todo”.

“Había sido entrenada para situaciones de urgencia en primeros auxilios: el caos, la oportunidad de ayudar a las personas en momentos terribles. Sin embargo, mientras buscaba la vena de mi paciente, me costaba concentrarme”, explica esta doctora.

Mirar todos los días al mal y al sufrimiento
Mientras seguía luchando con estos sentimientos que la hacían sufrir, llegó a urgencias ya moribundo un adolescente de 15 años herido por arma de fuego. Sin pensarlo, le abrió el pecho con el bisturí y vio que la bala había atravesado la aorta, no sobreviviría. Ahora ella luchaba para no llorar.


Pero cuando intentaba apaciguar los ánimos, un mensaje la devolvía a la realidad. Llegaba a la sala de reanimación otro adolescente de 15 años también con un disparo en la cabeza. Poco después llegaba la madre, que gritó y se desplomó en el suelo.

Su escasa fe no encontraba respuestas
Butler se quitó los guantes ensangrentados y salió corriendo de la sala mientras lloraba. El misterio del mal la sobrepasaba. Entró en una profunda crisis. Ya no sabía por qué se había convertido en cirujano ni encontraba respuesta a las preguntas más profundas de la vida.

Su fe, la de una persona “cristiana por tradición”, no lograba encontrar respuestas. Se le quedaba corta ante lo que vivía y sentía. Al salir del hospital conducía sin un destino fijo deambulando por las calles. “Cuando abrí los ojos para orar no salían las palabras. Me sentía abandonada por Dios. Y pensé que el Señor, si hubiera existido alguna vez, me había abandonado”, afirma, tal y como recoge la Nuova Bussola Quotidiana.

Presa del escepticismo y la desesperación
Desde ese momento, la cirujana cayó en un agnosticismo escéptico, que le acabó llevando a una desesperación hasta llegar a plantearse el suicidio.

Además, en ese tiempo su marido Scottie perdió su trabajo pero lejos de rebelarse se refugió en la Iglesia. Butler le seguía e iba a la iglesia con él pero seguía con su postura escéptica por lo que Dios fue a su encuentro al lugar donde empezó el problema: en el hospital.


Butler se licenció en Medicina en la Universidad de Columbia, ha trabajado en varios hospitales y actualmente enseña en Harvard Medical School

La llegada del paciente que cambió su vida
A sus manos llegó Ron, un hombre de mediana edad, tras un paro cardiaco, tenía una lesión cerebral grave provocada por la falta de oxigeno. Estaba en estado vegetativo y aunque tenía los ojos abiertos no estaba consciente. Los neurólogos habían dicho que nunca se recuperaría.

Sin embargo, todos los días la esposa y la hija de Ron rezaban junto a la cama del hospital por un milagro. Una mañana, la mujer sonrió a Butler y ésta se acercó. La mujer le dijo: “Ayer por la tarde recé y recé y cuando desperté sabía que todo iría bien, Dios me dijo que todo iría bien”. La cirujana admiraba “su convicción y esperanza” pero los datos clínicos decían lo contrario.

Pero de la admiración empezó a sentir molestia al ver como la mujer durante los días siguientes cantaba a su marido y rezaba junto a él. “Mis colegas y yo luchábamos para oculta nuestra preocupación, nos mirábamos como diciendo: ‘todo esto es insoportable’”.

"La ciencia no podía explicar su curación"
Esto siguió así hasta que un día, la mujer y su hija llegaron a ella gritando: Ron se había movido. Butler acudió a su cama y se dirigió al paciente pero no obtuvo respuesta por lo que explicó a la familia que simplemente era un movimiento reflejo. “No”, respondió de manera categórica la esposa, que le dijo: “mira”.

En ese instante, puso su mano sobre el hombro de su marido y le gritó al oído que moviera el dedo gordo del pie derecho. Y lo movió. Al día siguiente volvió la cabeza hacia ellos y después parpadeó. En dos semanas ya estaba despierto y en tres estaba sentado en una silla. “La ciencia médica no podía explicar su recuperación”, explicó la cirujana.

Supo que era un milagro pero todavía había una pregunta
Pronto ella entendió que había sido testigo de un milagro y que Dios tenía que existir pero aún seguía teniendo una pregunta que no conseguía responder: “¿Cómo podía conceder tantas bendiciones y a la vez permitir el sufrimiento?”.

Su esposo, que había encontrado un gran refugio en la fe, le pidió que leyera el Evangelio para que encontrara una respuesta a esta gran interrogante. De pronto el velo que tenía ante los ojos cayó.

El Evangelio iluminó su vida
“La lectura me reveló el amor de Cristo en pinceladas que nunca había visto. La agonía que sufrió por nuestro bien me dejó sin aliento. Él también había sufrido el mal del corazón y se enfrentó cara a cara con el mal. Soportó tal sufrimiento, nuestros sufrimientos, por nosotros”, explica ahora ella.

A la conclusión a la que llegó tras esta experiencia de fe y de conversión es que “el Señor ha usado mi desesperación y ha tejido un lienzo para su diseño perfecto. Así como Cristo resucitó a Lázaro para que otros creyeran, él redime el sufrimiento – heridas de bala, luto, trabajos perdidos…- para su gloria”.

“En su misericordia, él baja para alentarnos y completar los milagros que no podemos pretender entender”.

Fuente: Religión en Libertad

jueves, 18 de enero de 2018

Santo Evangelio 18 de enero 2018


Día litúrgico: Jueves II del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mc 3,7-12): En aquel tiempo, Jesús se retiró con sus discípulos hacia el mar, y le siguió una gran muchedumbre de Galilea. También de Judea, de Jerusalén, de Idumea, del otro lado del Jordán, de los alrededores de Tiro y Sidón, una gran muchedumbre, al oír lo que hacía, acudió a Él. Entonces, a causa de la multitud, dijo a sus discípulos que le prepararan una pequeña barca, para que no le aplastaran. Pues curó a muchos, de suerte que cuantos padecían dolencias se le echaban encima para tocarle. Y los espíritus inmundos, al verle, se arrojaban a sus pies y gritaban: «Tú eres el Hijo de Dios». Pero Él les mandaba enérgicamente que no le descubrieran.


«Le siguió una gran muchedumbre de Galilea. También de Judea, de Jerusalén, de Idumea, del otro lado del Jordán, de los alrededores de Tiro y Sidón»
Rev. D. Melcior QUEROL i Solà 
(Ribes de Freser, Girona, España)


Hoy, todavía reciente el bautismo de Juan en las aguas del río Jordán, deberíamos recordar el talante de conversión de nuestro propio bautismo. Todos fuimos bautizados en un solo Señor, una sola fe, «en un solo Espíritu para formar un solo cuerpo» (1Cor 12,13). He aquí el ideal de unidad: formar un solo cuerpo, ser en Cristo una sola cosa, para que el mundo crea.

En el Evangelio de hoy vemos cómo «una gran muchedumbre de Galilea» y también otra mucha gente procedente de otros lugares (cf. Mc 3,7-8) se acercan al Señor. Y Él acoge y procura el bien para todos, sin excepción. Esto lo hemos de tener muy presente durante el octavario de oración para la unidad de los cristianos.

Démonos cuenta de cómo, a lo largo de los siglos, los cristianos nos hemos dividido en católicos, ortodoxos, anglicanos, luteranos, y un largo etcétera de confesiones cristianas. Pecado histórico contra una de las notas esenciales de la Iglesia: la unidad.

Pero aterricemos en nuestra realidad eclesial de hoy. La de nuestro obispado, la de nuestra parroquia. La de nuestro grupo cristiano. ¿Somos realmente una sola cosa? ¿Realmente nuestra relación de unidad es motivo de conversión para los alejados de la Iglesia? «Que todos sean uno, para que el mundo crea» (Jn 17,21), ruega Jesús al Padre. Éste es el reto. Que los paganos vean cómo se relaciona un grupo de creyentes, que congregados por el Espíritu Santo en la Iglesia de Cristo tienen un solo corazón y una sola alma (cf. Hch 4,32-34).

Recordemos que, como fruto de la Eucaristía —a la vez que la unión de cada uno con Jesús— se ha de manifestar la unidad de la Asamblea, ya que nos alimentamos del mismo Pan para ser un solo cuerpo. Por tanto, lo que los sacramentos significan, y la gracia que contienen, exigen de nosotros gestos de comunión hacia los otros. Nuestra conversión es a la unidad trinitaria (lo cual es un don que viene de lo alto) y nuestra tarea santificadora no puede obviar los gestos de comunión, de comprensión, de acogida y de perdón hacia los demás.

Doce características de los discípulos de Jesús: la primera es cosa de Él; la última, solo nuestra


La propuesta de una plataforma de discipulado católico

Doce características de los discípulos de Jesús: la primera es cosa de Él; la última, solo nuestra


La iniciativa del discipulado siempre es de Dios; la respuesta, nuestra. E implica una cruz.

Doce características de los discípulos de Jesús: la primera es cosa de Él; la última, solo nuestra

Catholic Missionary Disciples [Discípulos Misioneros Católicos] es una iniciativa de formación de líderes católicos para la Nueva Evangelización, en la línea de trabajar el discipulado, esto es, la consolidación del cristiano como seguidor público de Cristo.

Actúa en Estados Unidos bajo la dirección de Marcel LeJeune, un laico casado y padre de cinco hijos con amplia experiencia en el ministerio cristiano universitario. Graduado en Teología Pastoral, ha trabajado durante años en la A&M University y la Tech University de Texas.



Marcel LeJeune es el fundador y director de Catholic Missionary Disciples.

Esta iniciativa cuenta con el respaldo de dos obispos, David Konderla, de Tulsa, y Michael J. Sis, de San Angelo, y trabaja en colaboración con otros proyectos católicos como LifeTeen, Focus on the Family o la Universidad franciscana de Steubenville.

En un reciente post, Catholic Missionary Disciples presenta doce características del discípulo de Jesús. 

Las principales señales que distinguen a un discípulo de Jesús son, por supuesto, los sacramentos. Tres marcan de forma indeleble: el bautismo, la confirmación y el orden sacerdotal. Están llamados a transformar enteramente nuestra vida.

Pero, además de los sacramentos, la vida de discipulado tiene otros distintivos que sirven para identificar a los seguidores de Cristo.

El principal de ellos es que el discípulo ha vivido con su Maestro (como un aprendiz) y ha convivido con Él, a sus pies, caminando con Él, y le ha visto vivir sus enseñanzas: Jesús es, ante todo, el Maestro con el que se convive, con quien se aprende, en quien los ojos están fijos para ver cómo hace las cosas.

Y eso se puede plasmar en estos doce puntos señalados por Catholic Missionary Disciples:

1. Los discípulos son llamados. Lucas 5, 1-11 ilustra esto perfectamente. ¡Dios siempre da el primer paso! Jesús se acercó a los pescadores y les invitó. Solo después de esta invitación al discipulado interviene nuestra decisión. Jesús nos ha llamado a cada uno de nosotros. El siguiente paso es…

2. Los discípulos responden conscientemente a la llamada de Jesús. ¡Una vez que somos llamados, un discípulo debe responder positivamente a la llamada! Si Pedro no hubiese abandonado sus redes y seguido a Jesús, no sería un discípulo. ¡No puedes seguir si no haces una opción! ¡El discipulado nunca es heredado ni accidental!

3. El discípulo ama. Ésta es la primera señal de un discípulo. El amor a Dios y el amor a los demás. Jesús dice que los demás sabrán que somos sus discípulos por nuestro amor al prójimo (Jn 13, 35).

4. Los discípulos dan fruto. De hecho, Jesús dice que dar fruto demuestra que eres su discípulo. “La gloria de mi Padre consiste en que deis fruto abundante, y así seréis mis discípulos” (Jn 15, 8).

5. Los discípulos son obedientes. Avanza un poco más en Juan 15 y encontrarás el versículo 14: “Sois mis amigos si hacéis lo que yo ordeno”. Atención: no podemos ser amigos íntimos de Jesús y ser desobedientes. Es imposible.



6. Los discípulos son enseñados. En las Escrituras encontramos constantemente a los discípulos de Jesús aprendiendo de Él. Ellos escuchan y luego aplican sus enseñanzas en su vida (o al menos lo intentan). Tenemos que seguir ese modelo. La vida de un discípulo cristiano es una vida de aprendizaje durante toda la vida.

7. Los discípulos siguen. La palabra “discípulo” significa “seguidor”. Nuestra vida de discipulado comienza siguiendo a Jesús. Debemos hacer lo que Él hizo. Amar como Él amó. Elegir lo que Él eligió. “Jesús recorría las ciudades y los pueblos, predicando y anunciando la Buena Noticia del Reino de Dios. Lo acompañaban los Doce” (Lc 8, 1).

8. Los discípulos tienen su mirada puesta en el Cielo. Nuestra vida actual no es nuestro hogar definitivo. Hemos sido creados para vivir con Dios para siempre una felicidad eterna. Este hogar celestial lo determinan nuestras decisiones en esta vida. El premio del Cielo es un regalo en el que debemos tener puestos los ojos, para que no perdamos la perspectiva eterna de Dios.

9. Los discípulos cargan con cruces. El discipulado no es fácil. Jesús lo dijo así: “El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, cargue con su cruz de cada día y sígame” (Lc 9, 23). Nunca deberíamos olvidar que el sufrimiento es parte del discipulado. No se trata solamente de emociones para sentirse bien ni de pasar buenos ratos.


10. Los discípulos emplean tiempo con Jesús en la oración. Si hacemos lo que Jesús hizo, entonces necesitamos vivir en relación íntima con Dios. “Un día, Jesús estaba orando en cierto lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó a sus discípulos»” (Lc 11, 1).

11. Los discípulos aman y sirven a Dios (y al prójimo). Piensa en las numerosas veces que los discípulos son llamados a servir. Jesús ordena a sus Doce que sirvan a la masa en la multiplicación de los panes y los peces, que sanen a los enfermos, que expulsen los demonios, etc. ¡La vida de un discípulo no va de uno mismo!

12. Los discípulos hacen otros discípulos. Por último, tenemos que hacer lo que Jesús hizo, lo que significa “hacer discípulos”. Fue su último mandato y el único del que no podemos evadir el cumplirlo personalmente.

Fuente: Religión en Libertad

miércoles, 17 de enero de 2018

Santo Evangelio 17 de enero 2018



Día litúrgico: Miércoles II del tiempo ordinario

Santoral 17 de Enero: San Antonio, abad
Texto del Evangelio (Mc 3,1-6): En aquel tiempo, entró Jesús de nuevo en la sinagoga, y había allí un hombre que tenía la mano paralizada. Estaban al acecho a ver si le curaba en sábado para poder acusarle. Dice al hombre que tenía la mano seca: «Levántate ahí en medio». Y les dice: «¿Es lícito en sábado hacer el bien en vez del mal, salvar una vida en vez de destruirla?». Pero ellos callaban. Entonces, mirándoles con ira, apenado por la dureza de su corazón, dice al hombre: «Extiende la mano». Él la extendió y quedó restablecida su mano. En cuanto salieron los fariseos, se confabularon con los herodianos contra Él para ver cómo eliminarle.

«¿Es lícito en sábado hacer el bien en vez del mal, salvar una vida en vez de destruirla?»
Rev. D. Joaquim MESEGUER García 
(Sant Quirze del Vallès, Barcelona, España)


Hoy, Jesús nos enseña que hay que obrar el bien en todo tiempo: no hay un tiempo para hacer el bien y otro para descuidar el amor a los demás. El amor que nos viene de Dios nos conduce a la Ley suprema, que nos dejó Jesús en el mandamiento nuevo: «Amaos unos a otros como yo mismo os he amado» (Jn 13,34). Jesús no deroga ni critica la Ley de Moisés, ya que Él mismo cumple sus preceptos y acude a la sinagoga el sábado; lo que Jesús critica es la interpretación estrecha de la Ley que han hecho los maestros y los fariseos, una interpretación que deja poco lugar a la misericordia.

Jesucristo ha venido a proclamar el Evangelio de la salvación, pero sus adversarios, lejos de dejarse convencer, buscan pretextos contra Él: «Había allí un hombre que tenía la mano paralizada. Estaban al acecho a ver si le curaba en sábado para poder acusarle» (Mc 3,1-2). Al mismo tiempo que podemos ver la acción de la gracia, constatamos la dureza del corazón de unos hombres orgullosos que creen tener la verdad de su parte. ¿Experimentaron alegría los fariseos al ver aquel pobre hombre con la salud restablecida? No, todo lo contrario, se obcecaron todavía más, hasta el punto de ir a hacer tratos con los herodianos —sus enemigos naturales— para mirar de perder a Jesús, ¡curiosa alianza!

Con su acción, Jesús libera también el sábado de las cadenas con las cuales lo habían atado los maestros de la Ley y los fariseos, y le restituye su sentido verdadero: día de comunión entre Dios y el hombre, día de liberación de la esclavitud, día de la salvación de las fuerzas del mal. Nos dice san Agustín: «Quien tiene la conciencia en paz, está tranquilo, y esta misma tranquilidad es el sábado del corazón». En Jesucristo, el sábado se abre ya al don del domingo.

Dejó la fe pensando que era una tontería, pero estudió Historia y encontró un poema que le convirtió


El «Adoro Te Devote» de Santo Tomás transformó a Mike Aquilina, hoy veterano escritor

Dejó la fe pensando que era una tontería, pero estudió Historia y encontró un poema que le convirtió


Mike Aquilina es un popular orador, escritor y presentador católico en EEUU, pero en su juventud creía que la fe era tonta

Dejó la fe pensando que era una tontería, pero estudió Historia y encontró un poema que le convirtió

Mike Aquilina es un prolífico escritor de temas ligados a la fe y la historia de la Iglesia, y un veterano periodista. Pero no siempre fue católico devoto. Durante su adolescencia y primeros años de juventud, en parte por la falta de exigencia en las escuelas católicas del postconcilio, consideró que la fe era irrelevante y "tonta". Lo que le devolvió a la fe fue un poema-oración del siglo XIII de un autor muy especial: Tomás de Aquino. 

Infancia de fe y doctrina seria
"Nací en una familia católica devota, en 1963, durante el Concilio Vaticano II. La gente en mi entorno, siendo un niño de más de 7 años, estaba muy emocionada y podía notarse. Siempre fui a escuelas católica... que era donde se hacían los experimentos. Fui testigo de la mayoría de ellos durante los años 70", comenta sonriendo. 

La fe, recuerda, era importante en la familia y todo su entorno de parientes sicilianos de EEUU y en la cultura de esas escuelas. Fue a dos escuelas de monjas "y eran serias al enseñar la fe". Antes de confirmarse, por ejemplo, les hacían memorizar el antiguo "Catecismo de Baltimore", aprobado en 1885, con 420 preguntas y respuestas breves. "Yo también me lo tomaba en serio porque podía ganar un barco en una botella si quedaba el primero... y fui el primero", explica con humor. 

Aquilina dice que ese catecismo no solo daba doctrina, sino una base filosófica para entender el mundo. "¿Qué es el hombre? El hombre es una criatura compuesta de alma y cuerpo, hecha a imagen y semejanza de Dios". "Te daba una antropología compacta y con eso podías responder todo tipo de preguntas morales", recuerda. 

Bajó el nivel escolar: la religión parecía tonta
Pero al año siguiento todo cambió. La religión dejó de ser algo muy serio y exigente. Pasó a ser "fácil, frívolo, y nos parecía que tonto". "Tenían buenas intenciones, querían buscarnos en nuestro nivel... pero nos buscaban a nivel de guardería. Ya éramos de 6º curso y nos parecía estúpido. E igual se mantuvo la cosa en el instituto: la religión era esa asignatura que no era seria. Y tuvo un efecto en nosotros, en mí, en mis amigos. Creo que en esos años de instituto me hice básicamente no practicante. Me desconecté mentalmente, aunque iba a escuelas católicas y nos hacían ir a misa y a retiros. Yo ya estaba desconectado de eso, porque me parecía tonto". 


Estudiando Historia... "¡la Historia era católica!"
Estudió después en una universidad no religiosa, temas de arte, escritura, "artes liberales". La mayoría de sus profesores no tenían fe y declaraban ser agnósticos o ateos. "Pero enseñaban con rigor y eran honestos en lo que respecta a la Historia. Y yo me encontraba, una y otra vez, que la Historia era católica. Si ves las grandes figuras históricas en las ciencias, en las artes, los grandes éxitos, las grandes ideas, avances en escutura, música, pintura... todas esas ideas las lanzaron a la sociedad católicos. La Iglesia misma era el gran hogar donde sucedía. El cardenal Newman dijo que profundizar en la Historia es dejar de ser protestante. Bueno, y dejar de ser lo que yo era, también", explica en su testimonio en vídeo en CHNetwork.

Un poema en latín que le transformó
En su último curso universitario, un profesor les encargó elegir un poema en otra lengua y traducirlo al inglés, adaptándolo a otra forma poética. Como él tenía muy olvidado su español y en cambio recordaba bien el latín, tomó un libro de poesía en latín de la biblioteca, lo abrió al azar y se puso a traducir lo que encontrara. 

El poema que encontró era el Adoro Te Devote de Santo Tomás de Aquino, de 1264.

Adoro te devote, latens Deitas,
Quae sub his figuris vere latitas:
Tibi se cor meum totum subiicit,
Quia te contemplans totum deficit.
Visus, tactus, gustus in te fallitur,
Sed auditu solo tuto creditur.
Credo quidquid dixit Dei Filius:
Nil hoc verbo Veritatis verius.
In cruce latebat sola Deitas,
At hic latet simul et humanitas;
Ambo tamen credens atque confitens,
Peto quod petivit latro paenitens. 
Plagas, sicut Thomas, non intueor;
Deum tamen meum te confiteor.
Fac me tibi semper magis credere,
In te spem habere, te diligere.

O en español: 

Te adoro con devoción, Dios escondido,
oculto verdaderamente bajo estas apariencias.
A Ti se somete mi corazón por completo,
y se rinde totalmente al contemplarte.
Al juzgar de Ti, se equivocan la vista, el tacto, el gusto;
pero basta el oído para creer con firmeza;
creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios:
nada es más verdadero que esta Palabra de verdad.
En la Cruz se escondía sólo la Divinidad,
pero aquí se esconde también la Humanidad;
sin embargo, creo y confieso ambas cosas,
y pido lo que pidió aquel ladrón arrepentido.
No veo las llagas como las vio Tomás
pero confieso que eres mi Dios:
haz que yo crea más y más en Ti,
que en Ti espere y que te ame.

"Lo que puedo decir es que durante esa traducción todo volvió, todo tenía sentido de nuevo. Toda la fe de mis padres, de mis abuelos, mis ancestros. Tuve una visión de esa cultura católica que podía producir tal poema, más aún, tal poeta como Tomás de Aquino, más aún, tal genio como Tomás de Aquino".

Aún se tomó un tiempo para volver a practicar los sacramentos e ir la Iglesia, pero ese fue el momento en el que su vida cambió y volvió a la fe. 



 Mike Aquilina, presentando un documental en Roma sobre San Agustín y Santa Mónica

Una vida para difundir fe y cultura
Se casó en 1985 con su esposa Terry y han tenido 6 hijos y ya dos nietos. Además, ha escrito unos 40 libros sobre temas de fe e historia, algunos en colaboración con figuras como Scott Hahn, el cardenal Wuerl de Washington o el músico católico John Michael Talbot. Ha realizado seriales de televisión en la EWTN, peregrinaciones guiadas, ciclos de conferencias, programas de radio, etc... y ha dado clases en varias universidades. Y ha seguido escribiendo poesía y canciones.

Su web se llama https://fathersofthechurch.com.

Fuente_ Religión en libertad

martes, 16 de enero de 2018

Santo Evangelio 16 de enero 2018



Día litúrgico: Martes II del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mc 2,23-28): Un sábado, cruzaba Jesús por los sembrados, y sus discípulos empezaron a abrir camino arrancando espigas. Decíanle los fariseos: «Mira ¿por qué hacen en sábado lo que no es lícito?». Él les dice: «¿Nunca habéis leído lo que hizo David cuando tuvo necesidad, y él y los que le acompañaban sintieron hambre, cómo entró en la Casa de Dios, en tiempos del Sumo Sacerdote Abiatar, y comió los panes de la presencia, que sólo a los sacerdotes es lícito comer, y dio también a los que estaban con él?». Y les dijo: «El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado. De suerte que el Hijo del hombre también es señor del sábado».

«El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado»
Rev. D. Ignasi FABREGAT i Torrents 
(Terrassa, Barcelona, España)


Hoy como ayer, Jesús se las ha de tener con los fariseos, que han deformado la Ley de Moisés, quedándose en las pequeñeces y olvidándose del espíritu que la informa. Los fariseos, en efecto, acusan a los discípulos de Jesús de violar el sábado (cf. Mc 2,24). Según su casuística agobiante, arrancar espigas equivale a “segar”, y trillar significa “batir”: estas tareas del campo —y una cuarentena más que podríamos añadir— estaban prohibidas en sábado, día de descanso. Como ya sabemos, los panes de la ofrenda de los que nos habla el Evangelio, eran doce panes que se colocaban cada semana en la mesa del santuario, como un homenaje de las doce tribus de Israel a su Dios y Señor.

La actitud de Abiatar es la misma que hoy nos enseña Jesús: los preceptos de la Ley que tienen menos importancia han de ceder ante los mayores; un precepto ceremonial debe ceder ante un precepto de ley natural; el precepto del reposo del sábado no está, pues, por encima de las elementales necesidades de subsistencia. El Concilio Vaticano II, inspirándose en la perícopa que comentamos, y para subrayar que la persona ha de estar por encima de las cuestiones económicas y sociales, dice: «El orden social y su progresivo desarrollo se han de subordinar en todo momento al bien de la persona, porque el orden de las cosas se ha de someter al orden de las personas, y no al revés. El mismo Señor lo advirtió cuando dijo que el sábado había sido hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado (cf. Mc 2,27)».

San Agustín nos dice: «Ama y haz lo que quieras». ¿Lo hemos entendido bien, o todavía la obsesión por aquello que es secundario ahoga el amor que hay que poner en todo lo que hacemos? Trabajar, perdonar, corregir, ir a misa los domingos, cuidar a los enfermos, cumplir los mandamientos..., ¿lo hacemos porque toca o por amor de Dios? Ojalá que estas consideraciones nos ayuden a vivificar todas nuestras obras con el amor que el Señor ha puesto en nuestros corazones, precisamente para que le podamos amar a Él.