domingo, 11 de diciembre de 2016

Santo Evangelio 11 de Diciembre 2016


Día litúrgico: Domingo III (A) de Adviento

Texto del Evangelio (Mt 11,2-11): En aquel tiempo, Juan, que en la cárcel había oído hablar de las obras de Cristo, envió a sus discípulos a decirle: «¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?». Jesús les respondió: «Id y contad a Juan lo que oís y veis: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva; ¡y dichoso aquel que no halle escándalo en mí!». 

Cuando éstos se marchaban, se puso Jesús a hablar de Juan a la gente: «¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña agitada por el viento? ¿Qué salisteis a ver, si no? ¿Un hombre elegantemente vestido? ¡No! Los que visten con elegancia están en los palacios de los reyes. Entonces, ¿a qué salisteis? ¿A ver un profeta? Sí, os digo, y más que un profeta. Éste es de quien está escrito: ‘He aquí que yo envío mi mensajero delante de ti, que preparará por delante tu camino’. En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista; sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es mayor que él».

«No ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista»
Dr. Johannes VILAR 
(Köln, Alemania)


Hoy, como el domingo anterior, la Iglesia nos presenta la figura de Juan el Bautista. Él tenía muchos discípulos y una doctrina clara y diferenciada: para los publicanos, para los soldados, para los fariseos y saduceos... Su empeño es preparar la vida pública del Mesías. Primero envió a Juan y Andrés, hoy envía a otros a que le conozcan. Van con una pregunta: «Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?» (Mt 11,3). Bien sabía Juan quién era Jesús. Él mismo lo testimonia: «Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: ‘Aquel sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre él, ése es el que bautiza en el Espíritu Santo’» (Jn 1,33). Jesús contesta con hechos: los ciegos ven y los cojos andan...

Juan era de carácter firme en su modo de vivir y en mantenerse en la Verdad, lo cual le costó su encarcelamiento y martirio. Aún en la cárcel habla eficazmente con Herodes. Juan nos enseña a compaginar la firmeza de carácter con la humildad: «No soy digno de desatarle las sandalias» (Jn 1,27); «Es preciso que Él crezca y que yo disminuya» (Jn 3,30); se alegra de que Jesucristo bautice más que él, pues se considera sólo “amigo del esposo” (cf. Jn 3,26).

En una palabra: Juan nos enseña a tomar en serio nuestra misión en la tierra: ser cristianos coherentes, que se saben y actúan como hijos de Dios. Debemos preguntarnos: —¿Cómo se prepararían María y José para el nacimiento de Jesucristo? ¿Cómo preparó Juan las enseñanzas de Jesús? ¿Cómo nos preparamos nosotros para conmemorarlo y para la segunda venida del Señor al final de los tiempos? Pues, como decía san Cirilo de Jerusalén: «Nosotros anunciamos la venida de Cristo, no sólo la primera, sino también la segunda, mucho más gloriosa que aquélla. Pues aquélla estuvo impregnada por el sufrimiento, pero la segunda traerá la diadema de la divina gloria».

La reflexión de un sacerdote consagrado a enfermos terminales y de sida


La reflexión de un sacerdote consagrado a enfermos terminales y de sida

Aldo Trento, exigente: «Para entender la vida contemplo cada día el cadáver de uno de mis hijos»

Aldo Trento, junto a un niño con hidrocefalia atendido en uno de sus centros.

En julio de 2015 el Papa Francisco visitó en Paraguay la Fundación San Rafael, donde el sacerdote Aldo Trento, de Comunión y Liberación, atiende a enfermos de sida. En este contexto de una vida entregada a los más desfavorecidos y con un pasado turbulento, tiene sentido la reflexión que el propio Trento escribió recientemente para Tempi:
 


Memento mori [Recuerda que has de morir]. Con este saludo nos deseábamos buenas noches durante el periodo del noviciado. Las primeras veces me sentía incómodo porque, al provenir de un pequeño pueblo de montaña, los funerales eran muy raros, aunque todas las mañanas (estoy hablando de antes del Concilio) el sacerdote celebraba la misa por un difunto revestido con la casulla negra, mientras mi abuelo, con su voz de barítono, cantaba el Requiem, el Sanctus y el Agnus Dei en gregoriano. Con el tiempo el pensamiento de la muerte se hizo familiar para mí. Ese "Memento mori" era una ayuda para tomar en serio mi vida.

"Vendrá la muerte y tendrá mi rostro, tendrá tu rostro" (aquí el autor alude al primer verso de la poesía de Cesare Pavese: "Verrà la morte e avrà i tuoi occhi [Vendrá la muerte y tendrá tus ojos]", ndt). Mirando cada día el cadáver de uno de mis jóvenes hijos muerto a causa del cáncer o del sida, no puedo dejar de verme en su lugar, porque antes o después será mi turno.

Aldo Trento, exigente: «Para entender la vida contemplo cada día el cadáver de uno de mis hijos»

Todas las noches, hacia las once, después de haber saludado al Santísimo, tomo el ascensor que me lleva al subterráneo de la clínica: allí está la cámara mortuoria. Entro y durante algunos minutos permanezco en silencio mirando el cadáver de mi hijo, mientras con la mano derecha acaricio su rostro frío y duro como una piedra. Ese frío y esa rigidez me impresionan porque sé que al cabo de unos pocos días cada parte de lo que fue el templo del Espíritu empezará a corromperse. Hoy les toca a mis hijos; pero mi turno llegará.

Si no tuviera la certeza de la verdad que profeso en la última parte del Credo, mirando todos los días ese angustioso "espectáculo" empezaría a pensar que la violencia más terrible es traer al mundo a un ser humano condenado a sufrir, a morir, a desaparecer en la nada. «Creo en la resurrección de la carne y en la vida eterna». Toda la razonabilidad de la vida está en estas palabras, censuradas en la cultura moderna y, de hecho, también en la Iglesia. ¿Cuántos sacerdotes hablan del último artículo del Credo? Tal vez cuando celebran un funeral. Pero lo hacen sin testimoniar la alegría de Jesús resucitado.

Es terriblemente fácil acostumbrarse a todo, también a la muerte; censurar la realidad de la muerte o transformarla en un acontecimiento social. Dos ejemplos. El primero: me han contado que hace años, en el principado de Mónaco, los difuntos eran llevados al cementerio al amanecer, para que nadie pudiera ver el carro fúnebre, porque hubiera podido perturbar la "estúpida" vida de los habitantes.

El segundo: me sucede a menudo ver cuando muere una persona rica. La muerte se convierte en un acontecimiento social en el que el difunto es una ocasión para reunirse y conversar entre una cerveza y otra. El muerto está relegado a otra habitación, como un objeto curioso, y el funeral es reducido a un rito pagano. Una vez el muerto está enterrado, ningún signo religioso recuerda quién está sepultado; es sólo un nombre que atrae la curiosidad de quien usa esas hectáreas de hierba verde y de bosques para pasear.

¿Os acordáis de la película El séptimo sello de Bergman? La muerte, por mucho que intentemos censurarla, vendrá y tendrá nuestros ojos. Me han contado que en el Centro de Tumores de Milán la muerte no se ve, "no existe": cuando uno está en su final es escondido a los ojos de los visitantes. ¡Ilusos!

Este hospital es un signo
En una cultura inhumana como la descrita antes, existe una realidad que recuerda al hombre su destino final: esta realidad se llama Iglesia, y nuestro hospital es un pequeño signo de su maternal presencia.

¡Qué grande es el amor de la Iglesia por el destino último del hombre! Un amor que desde hace siglos se manifiesta también al dedicar el día 2 de noviembre a la conmemoración de todos los difuntos. Y concediendo a los sacerdotes el poder de celebrar tres Santas Misas y a los fieles que visitan el cementerio la gracia de la indulgencia plenaria para los difuntos.


En cada misa el sacerdote reza diciendo: «Acuérdate de nuestros hermanos difuntos» o «Acuérdate de nuestro hermano que has llamado hoy a Tu presencia y concédele que, tal como ha compartido la muerte de Jesús, comparta la gloria de Su resurrección». Estamos tan distraídos que no nos damos cuenta de la profundidad de estas palabras.

Hace unos días, tras un año de sufrimiento a causa de un cáncer muy agresivo, ha muerto un niño de nueve años. Los padres, que desde el inicio del calvario han estado siempre a su lado, me han dicho: «La enfermedad de nuestro hijo es una poderosa llamada de Dios a la conversión y, por esta razón, después de veinticinco años de concubinato, queremos casarnos por la iglesia». De nuevo soy testigo de qué significa mira al dolor y a la muerte con la mirada de Jesús, esa mirada que hizo resucitar a Lázaro y que consoló a tanta gente que sufría.

Traducción de Helena Faccia Serrano (diócesis de Alcalá de Henares).

sábado, 10 de diciembre de 2016

Santo Evangelio 10 de Diciembre 2016


Día litúrgico: Sábado II de Adviento

Texto del Evangelio (Mt 17,10-13): Bajando Jesús del monte con ellos, sus discípulos le preguntaron: «¿Por qué, pues, dicen los escribas que Elías debe venir primero?». Respondió Él: «Ciertamente, Elías ha de venir a restaurarlo todo. Os digo, sin embargo: Elías vino ya, pero no le reconocieron sino que hicieron con él cuanto quisieron. Así también el Hijo del hombre tendrá que padecer de parte de ellos». Entonces los discípulos comprendieron que se refería a Juan el Bautista.

«Elías vino ya, pero no le reconocieron, sino que hicieron con él cuanto quisieron»
Rev. D. Xavier SOBREVÍA i Vidal 
(Castelldefels, España)


Hoy, Jesús conversa con los discípulos cuando baja de la montaña, donde han vivido la Transfiguración. El Señor no ha acogido la propuesta de Pedro de quedarse, y baja respondiendo a las preguntas de los discípulos. Éstos, que acaban de participar brevemente de la gloria de Dios, están sorprendidos y no entienden que ya haya llegado el Mesías sin que antes haya venido el profeta Elías a prepararlo todo.

Resulta que la preparación ya ha sido realizada. «Os digo, sin embargo, Elías vino ya» (Mt 17,12): Juan Bautista ha preparado el camino. Pero los hombres del mundo no reconocen a los hombres de Dios, ni los profetas del mundo reconocen a los profetas de Dios, ni los prepotentes de la Tierra reconocen la divinidad de Jesucristo.

Es necesaria una mirada nueva y un corazón nuevo para reconocer los caminos de Dios y para responder con generosidad y alegría a la llamada exigente de sus enviados. No todos están dispuestos a entenderlo y, menos, a vivirlo. Es más, nuestras vidas y nuestros proyectos pueden estar oponiéndose a la voluntad del Señor. Una oposición que puede convertirse, incluso, en lucha y rechazo de nuestro Padre del Cielo.

Necesitamos descubrir el intenso amor que guía los designios de Dios hacia nosotros y, si somos consecuentes con la fe y la moral que Jesús nos revela, no han de extrañarnos los malos tratos, las difamaciones y las persecuciones. Ya que estar en el buen camino no nos evita las dificultades de la vida y Él, a pesar del sufrimiento, nos enseña a continuar.

A la Madre de Jesús, Reina de los Apóstoles, le pedimos que interceda para que a nadie le falten amigos que, como los profetas, le anuncien la Buena Nueva de la salvación que nos trae el nacimiento de Jesucristo. Tenemos la misión, tú y yo, de que esta Navidad sea vivida más cristianamente por las personas que encontraremos en nuestro camino.

«La Madre Maravillas decía que no temía al demonio, sino a las personas que temen al demonio»


Álvaro Marañón cuenta decenas de vivencias sorprendentes de su tía

«La Madre Maravillas decía que no temía al demonio, sino a las personas que temen al demonio»

La Madre Maravillas, escribiendo en su celda, ya anciana.

«La Madre Maravillas decía que no temía al demonio, sino a las personas que temen al demonio»

Del palacio al convento: el subtítulo de La Madre Maravilas. Recuerdos y anécdotas de una vida (La Esfera de los Libros), de Álvaro Marañón Beltrán de Lis, resume bien de quién hablamos cuando hablamos de Santa Maravillas de Jesús (1891-1974), canonizada en 2003, la mayor fundadora carmelita desde Santa Teresa de Jesús.

Tanto su abuelo, Pedro José Pidal, como su padre y su tío, Luis y Alejandro Pidal y Mon, fueron ministros del Gobierno (con Narváez, Cánovas y Silvela) y embajadores de España ante la Santa Sede. Un ambiente de consagración a la vida pública e intensa vivencia de la fe al que renunció, más tarde de lo que habría querido, la futura monja carmelita que creó once carmelos a partir del original del Cerro de los Ángeles, concluido en 1926.


El autor, nieto del médico y humanista Gregorio Marañón Posadillo (1887-1960) e hijo del diplomático Gregorio Marañón Moya (1914-2002), es también sobrino nieto de la Madre Maravillas, a quien conoció y trató, y brinda al lector no una biografía al uso, sino un recorrido por decenas de momentos de su vida que permiten un retrato vivo de la santa.

-¿En qué entorno familiar se educó la Madre Maravillas?
-Recibieron los Pidal, de padres a hijos, una educación cristiana solidísima. Eran sinceros católicos que no tenían nada de integristas y que hicieron política católica desde sus partidos, aunque no, por supuesto, catolicismo político cerrado. Fueron grandes paladines de la verdad católica de su época, fundaron y sostuvieron periódicos católicos y movimientos confesionales, siendo ardientes defensores de las órdenes religiosas en los periodos revolucionarios que les tocó vivir. Fueron, en resumen, los Pidal católicos sinceros y consecuentes, con arraigados sentimientos de caridad cristiana que sobrepusieron siempre a sus intereses privados.

-Sin embargo, su vocación tardó en ser aceptada por la familia. ¿Por qué?
-En este ambiente familiar de arraigados sentimientos cristianos y de activa practica católica creció Maravillas Pidal, y obviamente este entorno de su hogar favoreció su temprana vocación religiosa. Pero no recibió el preceptivo permiso para profesar en el carmelo hasta los veintisiete años por distintas razones familiares como, entre otras, la larga enfermedad de su padre, al cual atendió siempre con especial dedicación y ternura.

Maravillas Pidal y Chico de Guzmán, en su juventud, vestida de pastora.

-¿A qué mundo renunció al entrar en el convento?
-Maravillas era nieta, hija y sobrina de destacadas figuras de su época. Los “tres Pidal“ figuraron respectivamente entre las personalidades de mayor relieve de aquellos tiempos, desempeñando altos cargos de la administración pública y recibiendo importantes honores por sus brillantes servicios y por su fidelidad a la Corona. Ejercieron las presidencias del Congreso y del Senado, ocuparon distintas carteras y fundaron y dirigieron Reales Academias. 

-¿Ella se sentía integrada en ese mundo de relaciones al máximo nivel?
-En la casa del marques de Pidal, padre de Maravillas, tenían lugar frecuentes tertulias, a las que asistían políticos y pensadores, religiosos y prelados, hombres de la ciencia y de la cultura. Ella solía participar en estas tertulias desde muy joven, y sus agudas intervenciones hicieron exclamar una vez al político Juan Vázquez de Mella: "Luis, tu hija nos va a dejar chicos a ti y a mí".

-¿A qué se refería?
-Es evidente que heredó muchas de las cualidades que marcaron el éxito de sus antecesores, y entre ellas sobresalieron la determinación en la toma de decisiones, una gran capacidad de trabajo y la eficaz organización del mismo.

-Y exprimió a fondo su tiempo, a juzgar por la variedad de historias que figuran en el libro...
-La vida de Maravillas esta hilvanada de muchos y diversos acontecimientos que hacen de ella una figura muy atractiva como protagonista de un libro. En su aspecto más externo se puede decir que es una aventurera, según afirmó el carmelita Fray Ramon de la Cruz en L’Osservatore Romano.


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-¿Tuvo algo de aventurera su fundación en la India?
-En este contexto cabe situar su decisión de aceptar la petición de un obispo misionero en la India y fundar allí un convento durante la Segunda República. Maravillas no recibió el permiso eclesiástico para unirse al grupo fundacional de religiosas, pero aquel remoto convento siempre recibió su apoyo en la distancia con ayudas materiales y a través de una larga relación epistolar. Aquella aventura resultó un éxito, y el convento en la India significó un fuerte impulso misionero para la orden en todos los continentes.

-También lo intentó en Estados Unidos...
-En Estados Unidos no se propuso fundar un monasterio, solo quiso ir de misionera en los años cincuenta. El Prepósito General de su orden la escribió pidiendo el envío de religiosas para el Carmelo de Newport en el estado de Rhode Island, y Maravillas se ofreció a ir ella misma llena de anhelo misionero. Una repentina dolencia evitó aquel viaje, que además no contaba con el visto bueno de sus superiores, deseosos de que continuase con su fecunda labor fundacional en España.


-¿Tuvieron las religiosas de la Madre Maravillas una especial protección en el Madrid del terror?
-En aquel convulso periodo de nuestra historia la comunidad religiosa del Cerro de los Ángeles quedó atrapada en Madrid, donde se desarrolló entre 1933 y 1937 una cruenta persecución religiosa. La Madre Maravillas supo poner a salvo a su comunidad a base de una gran capacidad de prudencia, serenidad y decisión, y asimismo desarrollando en favor de sus religiosas sus numerosos contactos. Obviamente necesitaron ayuda para salir indemnes de la capital, situada en el corazón de una sangrienta guerra civil, y donde los religiosos eran asesinados sin más razón que su pertenencia al estado eclesiástico.

-¿Quiénes fueron sus protectores?
-Hay que recordar que antes de profesar religiosa, Maravillas realizó durante muchos años una ingente y generosa labor en favor de los más necesitados que malvivían en barriadas humildes y en miserables chabolas, o hacinados en pequeñas buhardillas sin luz eléctrica. 

-Y le devolvieron la ayuda...
-No debe extrañarnos que algunos de los favorecidos por su caridad y su cariñosa atención quisieran devolver las ayudas recibidas. O que importantes figuras del bando republicano y del Frente Popular tuviesen conocimiento de su bondad y su desprendimiento durante aquellos años de su juventud y considerasen justo dejarla salir con vida junto a su comunidad religiosa.


-¿Por qué entre las numerosas historias y anécdotas relatadas en el libro prácticamente ninguna incide en aspectos de naturaleza mística?
-La mística de Maravillas fue de  gran sobriedad. Pertenece a una raza espiritual poco común: la que nace de las nadas sanjuanistas, de las frías y secas tierras castellanas. En ella no hubo visiones, ni luces que brillaran, ni ángeles que se le aparecieran... Decía siempre con humor que no le tenía miedo al demonio, sino a las personas que tienen miedo de los demonios.

-¿Cómo vivió, en los años finales de su vida, los cambios en la Iglesia a raíz del Concilio?
-Bajo cualquier perspectiva, tanto la creyente como la agnóstica, con la que nos acerquemos a Maravillas, encontraremos siempre en ella a una extraordinaria e inteligente mujer. En su persona se observa ese equilibrio perfecto entre mansedumbre, pobreza y magnanimidad, decidida apertura a los nuevos tiempos del Concilio Vaticano II y fidelidad estricta a las fuentes de la vida religiosa. Equilibrio que en ella fue prodigiosamente instintivo.

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Fuente: Religión en libertad

viernes, 9 de diciembre de 2016

Santo Evangelio 9 de Diciembre 2016



Día litúrgico: Viernes II de Adviento

Texto del Evangelio (Mt 11,13-19): En aquel tiempo dijo Jesús a la gente: «¿Pero, con quién compararé a esta generación? Se parece a los chiquillos que, sentados en las plazas, se gritan unos a otros diciendo: ‘Os hemos tocado la flauta, y no habéis bailado, os hemos entonado endechas, y no os habéis lamentado’. Porque vino Juan, que ni comía ni bebía, y dicen: ‘Demonio tiene’. Vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: ‘Ahí tenéis un comilón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores’. Y la Sabiduría se ha acreditado por sus obras».


«¿Con quién compararé a esta generación?»
Rev. D. Antoni CAROL i Hostench 
(Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)


Hoy debiéramos removernos ante el suspiro del Señor: «Con quién compararé a esta generación?» (Mt 11,16). A Jesús le aturde nuestro corazón, demasiadas veces inconformista y desagradecido. Nunca estamos contentos; siempre nos quejamos. Incluso nos atrevemos a acusarle y a echarle la culpa de lo que nos incomoda. 

Pero «la Sabiduría se ha acreditado por sus obras» (Mt 11,19): basta contemplar el misterio de la Navidad. ¿Y nosotros?; ¿cómo es nuestra fe? ¿No será que con esas quejas tratamos de encubrir la ausencia de nuestra respuesta? ¡Buena pregunta para el tiempo de Adviento!

Dios viene al encuentro del hombre, pero el hombre —particularmente el hombre contemporáneo— se esconde de Él. Algunos le tienen miedo, como Herodes. A otros, incluso, les molesta su simple presencia: «Fuera, fuera, crucifícalo» (Jn 19,15). Jesús «es el Dios-que-viene» (Benedicto XVI) y nosotros parecemos "el hombre-que-se-va": «Vino a los suyos y los suyos no le recibieron» (Jn 1,11).

¿Por qué huimos? Por nuestra falta de humildad. San Juan Bautista nos recomendaba "menguarnos". Y la Iglesia nos lo recuerda cada vez que llega el Adviento. Por tanto, hagámonos pequeños para poder entender y acoger al "Pequeño Dios". Él se nos presenta en la humildad de los pañales: ¡nunca antes se había predicado un "Dios-con-pañales"! Ridícula imagen damos a la vista de Dios cuando los hombres pretendemos encubrirnos con excusas y falsas justificaciones. Ya en los albores de la humanidad Adán lanzó las culpas a Eva; Eva a la serpiente y…, habiendo transcurrido los siglos, seguimos igual. 

Pero llega Jesús-Dios: en el frío y la pobreza extrema de Belén no vociferó ni nos reprochó nada. ¡Todo lo contrario!: ya empieza a cargar sobre sus pequeñas espaldas todas nuestras culpas. Entonces, ¿le vamos a tener miedo?; ¿de verdad van a valer nuestras excusas ante ese "Pequeño-Dios"? «La señal de Dios es el Niño: aprendamos a vivir con Él y a practicar también con Él la humildad» (Benedicto XVI).


«La Sabiduría se ha acreditado por sus obras»
+ Rev. D. Pere GRAU i Andreu 
(Les Planes, Barcelona, España)


Hoy reparamos en que muy frecuentemente hemos de ir a entierros. Pero... pocas veces pensamos en nuestro propio funeral. Viene a ser como una jugada del subconsciente que pospone sine die la propia muerte.

La misma contemplación del ritmo de la naturaleza que nos rodea nos recuerda también este hecho. Deducimos que —en cierto modo— no estamos tan distantes de una planta, de un ser vivo... Estamos sometidos, tanto si nos gusta como si no, a la misma ley natural de las criaturas que nos rodean. Con la diferencia, ¡importante!, del origen de nuestra vida, de la vida a imagen y semejanza de Dios, con proyección de eternidad.

Todo el Adviento está informado por esta idea. El Señor llega con gran esplendor a visitar a su pueblo, con la paz, comunicándole la vida eterna. Es un toque de alerta: «La Sabiduría se ha acreditado por sus obras» (Mt 11,19). ¡Tengamos una actitud receptiva ante el Señor!

«Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas» (Mc 1,3), se anunciaba en la dominica II de Adviento (ciclo B). ¡Vigilad con las conductas sociales!, nos viene a decir hoy. Es como si dijera: «No pongáis trabas a la comunicación amorosa de Dios».

Hemos de pulir nuestro carácter. Hemos de reconstruir nuestra manera de hacer. Todo aquello que, en definitiva, falsea nuestra responsabilidad: el orgullo, la ambición, la venganza, la dureza de corazón, etc. Aquellas actitudes que nos hacen como dioses del poder en el mundo, sin querer reconocer que no somos los amos del mundo. Somos una pequeñez dentro de la extensa historia de la Humanidad.

Los discípulos de Juan experimentaban la purificación de sus errores. Nosotros, los discípulos de Jesús, nuestro Amigo, podemos vivir la insuperable experiencia de la purificación de todo aquello que es pecado, con esperanza de vida eterna: ¡otra Navidad!



Renovemos nuestro diálogo con Él. Hagamos nuestra oración de esperanza y amor, sin hacer caso del ruido mundanal que nos envuelve.

Seis consejos sobre cómo «no» luchar contra la tentación... si no queremos volver a caer en ella


Un joven sacerdote sigue la estela de un viejo maestro: San Francisco de Sales

Seis consejos sobre cómo «no» luchar contra la tentación... si no queremos volver a caer en ella

Contra las tentaciones hay que luchar, pero... hay que luchar bien, o la lucha puede ser contraproducente.

Tras la "crítica" decisión de seguir a Cristo, en seguida se descubre que la vida cristiana se parece mucho al deporte: para perfeccionar el juego hay que entrenar mucho más de lo que parecía.

Es la comparación a la que recurre un joven sacerdote para ofrecer unos buenos consejos para la vida espiritual. Clayton Thompson es vicario en la parroquia de San Bonifacio en Lafayette (Indiana, Estados Unidos) y fue ordenado en 2013.

Seis consejos sobre cómo «no» luchar contra la tentación... si no queremos volver a caer en ella

En un artículo en Those Catholic Men explica que luchar contra el pecado y la tentación que conduce a él es complicado en ocasiones, pero que "son las cosas pequeñas las que, con la gracia de Dios, nos llevan a la victoria".

Siguiendo las pautas de un "gigante espiritual" como San Francisco de Sales (1567-1622) y su Introducción a la vida devota el padre Thompson desmonta seis estrategias equivocadas y propone las contrapuestas. Traducimos, con algunas adaptaciones, sus propuestas (las citas de San Francisco de Sales son todas de la Parte IV: Los avisos necesarios contra las tentaciones más ordinarias; el número indica el capítulo del que están tomadas).

1. No ames la tentación.
Parece obvio, ¿no? Pero, asumámoslo, incluso después de romper con ciertos pecados, la tentación hacia ellos aún puede hacernos sentir bien. Cuando un tipo ha apartado de su vida la rabia y la ira, regodearse en el pensamiento de lo que le diría a la gente que le ha hecho mal puede darle una gran sensación de victoria. Un hombre que nunca traicionaría a su mujer puede sentirse muy a gusto dándole vueltas a la idea de hacer una visita a esa chica de la oficina que le mira con buenos ojos.

¿Qué aconsejaba San Francisco de Sales?
"La complacencia sirve, ordinariamente, de paso para llegar al consentimiento” (3).

2. No te pongas en tentación.
Esto es un asunto tanto de previsión como de honestidad. Primero, requiere previsión: si sé que cada vez que converso con esas personas a la hora de comer terminamos hablando de asquerosidades y cotilleando de los demás, es culpa mía si caigo en murmuraciones y deshonestidades. Al mismo tiempo, requiere honestidad: a menudo, cuando nos ponemos en situaciones porque nos decimos s nosotros mismos que estamos “por encima” de ciertos pecados. Esto puede ser verdad, pero es menos frecuente de lo que nos gusta pensar. Si me he dado cuenta de que me gustan ciertas tentaciones, tengo que ser honesto en evitar las situaciones que me conducen a ellas. Es lo que se llama “evitar la ocasión de pecado”.

¿Qué aconsejaba San Francisco de Sales?
“Ocurre, a veces, que la sola tentación es pecado, porque somos causa de ella” (6).

3. No te angusties.
La tentación no es pecado (punto 1) siempre que no seamos causa de la tentación poniéndonos en la situación que la genera (punto 2). Si quiero algo que no es mío y siento el impulso de llevármelo cuando nadie me ve, mientras sea un sentimiento se queda solo en una tentación molesta. Las cosas empiezan a ir mal cuando nos ponemos histéricos por sentirnos tentados. Cuando perdemos la paz, empezamos a creernos la gran mentira del Tentador de que nunca superaremos el sentimiento de una lucha cuesta arriba… hasta que nos rindamos. Y cuando esa mentira se instala en nuestra mente, el siguiente paso es la caída.

¿Qué aconsejaba San Francisco de Sales?
“La inquietud es el mayor mal que puede sobrevenir a un alma, fuera del pecado” (11).

4. No escuches a la tentación.
San Francisco de Sales distinguía entre tentaciones mayores y menores: por ejemplo, la tentación de matar a alguien y la de enfadarse con él; la de robar algo y la de codiciarlo; la de cometer perjurio y la de decir una mentira; la de cometer adulterio y la de no guardar la vista. Mientras que contra las grandes tentaciones tenemos que luchar con todas nuestras fuerzas, con las tentaciones pequeñas dice San Francisco de Sales que nuestra principal tarea es simplemente dejarlas pasar: deshacernos de ellas tranquilamente y no dejar que nos roben la paz. Es el viejo truco del elefante rosa: cuando más intentamos no pensar en elefantes rosas, más ocupan nuestra conciencia. Cuando surjan las tentaciones y las reconozcas como tales, recházalas y sigue tu camino, no dedicándoles ni solo pensamiento más. Si no, se hacen abrumadoras.

¿Qué aconsejaba San Francisco de Sales?
“Desprecia, pues, estos pequeños ataques… No hagas otra cosa que alejarlos sencillamente, sin combatirlos ni responderlos de otra manera que con actos de amor a Dios” (9).


Elefantes rosas... la pesadilla de Dumbo.

5. No conviertas la tentación en una cuestión de voluntad.
Cuando un hombre está intentando superar un cierto pecado en su vida, con frecuencia se descorazona por su debilidad al luchar contra las tentaciones hacia ese pecado. Muchas veces, el problema es de perspectiva. Si mi aproximación a la vida moral es decir “le voy a demostrar a Dios lo bueno que soy no pecando”, en vez de “amo a Dios y por tanto odio el pecado y quiero dominarlo porque perjudica mi relación con Él”, no hay que sorprenderse si Dios me permite caer: pensaría que soy mi propio salvador. La confianza en uno mismo es una de las principales causas de la caída. Cuando vienen las tentaciones, la claves está en confiar más intensamente en la gracia de Dios, humillarse ante Él y amarle más.

¿Qué aconsejaba San Francisco de Sales?
“Espera tu liberación más de la bondad y providencia de Dios que de tu industria y diligencia; si buscas tu liberación por amor propio, te inquietarás y acalorarás en pos de los medios, como si este bien dependiese más de ti que de Dios” (11).

6. No te calles. 
Quizá una de las verdades más importantes que recordar al hablar del pecado y de la tentación es que no estamos solos en esta lucha. Dios está ahí, pero también el Maligno. El Maligno no es un cuento de brujas: es real e influye en tu vida. Aunque una buena parte de las tentaciones provienen del desorden en nuestras almas, Satán y los espíritus malignos son también intensamente activos. Uno de los mayores peligros es intentar luchar por tu cuenta contra una inteligencia-angélica-entregada-al-mal. Comenta con otras personas tus luchas: ten otras personas a quienes rendir cuentas, un confesor habitual que conozca tu alma y comprenda las tretas de Satanás. Esa apertura y honestidad es esencial para vencer los pecados que nos conducen a la desgracia.

¿Qué aconsejaba San Francisco de Sales?
“El gran remedio contra todas las tentaciones, grandes y pequeñas, es desahogar el corazón y comunicar a nuestro director todas las sugestiones, sentimientos y afectos que nos agitan. Fíjate en que la primera condición que el Maligno pone al alma que quiere seducir es el silencio” (7).

* * *

"Son las pequeñas cosas las que cuentan en la vida", concluye el padre Thompson: "Así que haz caso a San Francisco de Sales y lucha contra las tentaciones en la forma correcta".

jueves, 8 de diciembre de 2016

Santo Evangelio 8 de Diciembre 2016


Día litúrgico: 8 de Diciembre: La Inmaculada Concepción de la Virgen María

Texto del Evangelio (Lc 1,26-38): En aquel tiempo, fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. 

Y entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin». María respondió al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?». El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y éste es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios». Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Y el ángel dejándola se fue.

«Y entrando, le dijo: ‘Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo’»
Rev. D. David COMPTE i Verdaguer 
(Manlleu, Barcelona, España)


Hoy, el Evangelio toca un acorde compuesto por tres notas. Tres notas no siempre bien afinadas en nuestra sociedad: la del hacer, la de la amistad y la de la coherencia de vida. Hoy día hacemos muchas cosas, pero, ¿tenemos un proyecto? Hoy, que navegamos en la sociedad de la comunicación, ¿tiene cabida en nuestros corazones la soledad? Hoy, en la era de la información, ¿nos permite ésta dar forma a nuestra personalidad?

Un proyecto. María, una mujer «desposada con un hombre llamado José, de la casa de David» (Lc 1,28). María tiene un proyecto. Evidentemente, de proporciones humanas. Sin embargo, Dios irrumpe en su vida para presentarle otro proyecto... de proporciones divinas. También hoy, quiere entrar en nuestra vida y dar proporciones divinas a nuestro quehacer humano.

Una presencia. «No temas, María» (Lc 1,30). ¡No construyamos de cualquier manera! No fuera caso que la adicción al “hacer” escondiera un vacío. El matrimonio, la vida de servicio, la profesión no han de ser una huida hacia adelante. «Llena de gracia, el Señor está contigo» (Lc 1,28). Presencia que acompaña y da sentido. Confianza en Dios, que —de rebote— nos lleva a la confianza con los otros. Amistad con Dios que renueva la amistad con los otros.

Formarnos. Hoy día, que recibimos tantos estímulos con frecuencia contrapuestos, es necesario dar forma y unidad a nuestra vida. María, dice san Luis María Grignion, «es el molde vivo de Dios». Hay dos maneras de hacer una escultura, expone Grignion: una, más ardua, a base de golpes de cincel. La otra, sirviéndose de un molde. Ésta segunda es más sencilla. Pero el éxito está en que la materia sea maleable y que el molde dibuje con perfección la imagen. María es el molde perfecto. ¿Acudimos a Ella siendo nosotros materia maleable?