martes, 19 de septiembre de 2017

Santo Evangelio 19 de septiembre 2017


Día litúrgico: Martes XXIV del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 7,11-17): En aquel tiempo, Jesús se fue a una ciudad llamada Naím, e iban con Él sus discípulos y una gran muchedumbre. Cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda, a la que acompañaba mucha gente de la ciudad. Al verla el Señor, tuvo compasión de ella, y le dijo: «No llores». Y, acercándose, tocó el féretro. Los que lo llevaban se pararon, y Él dijo: «Joven, a ti te digo: levántate». El muerto se incorporó y se puso a hablar, y Él se lo dio a su madre. El temor se apoderó de todos, y glorificaban a Dios, diciendo: «Un gran profeta se ha levantado entre nosotros», y «Dios ha visitado a su pueblo». Y lo que se decía de Él, se propagó por toda Judea y por toda la región circunvecina.


«Joven, a ti te digo: levántate»
+ Rev. D. Joan SERRA i Fontanet 
(Barcelona, España)


Hoy, dos comitivas se encuentran. Una comitiva que acompaña a la muerte y otra que acompaña a la vida. Una pobre viuda, seguida por sus familiares y amigos, llevaba a su hijo al cementerio y de pronto, ve la multitud que iba con Jesús. Las dos comitivas se cruzan y se paran, y Jesús dice a la madre que iba a enterrar a su hijo: «No llores» (Lc 7,13). Todos se quedan mirando a Jesús, que no permanece indiferente al dolor y al sufrimiento de aquella pobre madre, sino, por el contrario, se compadece y le devuelve la vida a su hijo. Y es que encontrar a Jesús es hallar la vida, pues Jesús dijo de sí mismo: «Yo soy la resurrección y la vida» (Jn 11,25). San Braulio de Zaragoza escribe: «La esperanza de la resurrección debe confortarnos, porque volveremos a ver en el cielo a quienes perdemos aquí».

Con la lectura del fragmento del Evangelio que nos habla de la resurrección del joven de Naím, podría remarcar la divinidad de Jesús e insistir en ella, diciendo que solamente Dios puede volver un joven a la vida; pero hoy preferiría poner de relieve su humanidad, para que no veamos a Jesús como un ser lejano, como un personaje tan diferente de nosotros, o como alguien tan excesivamente importante que no nos inspire la confianza que puede inspirarnos un buen amigo.

Los cristianos hemos de saber imitar a Jesús. Debemos pedir a Dios la gracia de ser Cristo para los demás. ¡Ojalá que todo aquél que nos vea, pueda contemplar una imagen de Jesús en la tierra! Quienes veían a san Francisco de Asís, por ejemplo, veían la imagen viva de Jesús. Los santos son aquellos que llevan a Jesús en sus palabras y obras e imitan su modo de actuar y su bondad. Nuestra sociedad tiene necesidad de santos y tú puedes ser uno de ellos en tu ambiente.

Era musulmán, de la tribu de Mahoma, nieto de misioneros islámicos, pero Dios lo condujo a Cristo


Ha muerto a los 34 años Nabeel Qureshi, predicador del Evangelio, converso desde el Islam

Era musulmán, de la tribu de Mahoma, nieto de misioneros islámicos, pero Dios lo condujo a Cristo


Nabeel Qureshi no solo se convirtió a Cristo, sino que anunciaba su fe y su conversión... con riesgo para su vida

Era musulmán, de la tribu de Mahoma, nieto de misioneros islámicos, pero Dios lo condujo a Cristo

Nabeel Qureshi era musulmán convencido, nacido en una familia de misioneros musulmanes. Investigando sobre la vida de Mahoma, y sobre el cristianismo, sus convicciones se tambalearon. Pidió a Dios señales, y Dios le orientó con sueños y visiones. Dio el paso: se hizo cristiano, y su familia quedó destrozada por eso. Durante varios años predicó a Cristo y su cruz. Este pasado sábado 16 de septiembre murió de un cáncer de estómago, con tan solo 34 años. 

Afrontar la muerte
La vida de un hombre se expresa en su máxima autenticidad y en el drama en su muerte, en sus últimos días. Nabeel Qureshi publicó un vídeo el 8 de septiembre, cuando hacía tiempo que los médicos le habían quitado incluso el estómago y ya solo le aplicaban tratamientos paliativos. 

"Como creyente, soy una persona real, ¿dónde puedo encontrar mi fe?", planteaba en el vídeo, en las puertas de la muerte. "¿Tengo que fingir? ¿Tengo que decir: 'ahora voy a tener tal nivel de fe'? Honestamente, creo que no. Creo que Dios me entiende, sabe cómo me encuentro y me acompaña, nos ama y nos da fuerza". 

Esa honestidad combinada con la confianza en Dios es lo que le guió del Islam a Cristo. Su testimonio lo describió en su libro "Seeking Allah, Finding Jesus" ("Buscando a Alá, encontrando a Jesús"). 

De la misma tribu que Mahoma, misioneros musulmanes
La familia de Nabeel Qureshi pertenecía a la tribu Qureshi, descendientes de la tribu Quresh, la de Mahoma, señaló. Su abuelo y bisabuelo habían sido misioneros musulmanes en Indonesia y en Uganda. Su familia había llegado de Pakistán a Estados Unidos, donde él nació y creció. 

"Cada día me sentaba con mi madre, que me enseñaba a recitar el Corán en árabe. Cinco veces al día me colocaba tras mi padre, que dirigía la oración conjunta en familia. A los cinco años, había recitado ya todo el Corán en árabe y había memorizado los últimos 7 capítulos. A los 15 años, había memorizado los últimos 15 capítulos del Corán en árabe e inglés. Cada día recitaba incontables rezos en árabe, dando gracias a Alá por el nuevo día, al despertar, invocando su nombre antes de caer dormido". 

En el instituto, el joven Nabeel ya sabía descolocar a todos sus compañeros cuando hablaban de religión. "Jesús rendía culto a Dios, ¿cómo es que tú rindes culto a Jesús?", le planteaba a jóvenes cristianos. "Jesús dijo 'el Padre es mayor que yo', ¿cómo puede ser él Dios?", añadía. O les preguntaba por la Trinidad. Los cristianos solían decir, simplemente, "es un misterio". No sabían defenderse ni explicarse y él se reía de ellos. 

"Me sentía confiado en la verdad del Islam, me daba disciplina, propósito, moral, valores familiares y una clara dirección en el culto. El Islam era mi identidad y la amaba".

Un cristiano que sabía responder y acompañar
Pero en su primer año de universidad conoció a un compañero de estudios cristiano, David Wood, inteligente, lector diario de la Biblia, que era capaz de responder a sus preguntas. Y cuando no era capaz, decía "lo investigaré", y le dedicaba tiempo, a él y a sus retos. ¿Eran fiables los Evangelios? ¿Murió y resucitó Jesús? ¿Cómo entender la Trinidad? 

Nabeel respetaba la pasión de David por su fe y por Dios. Se hicieron amigos, estudiaban juntos, debatían sin cesar. David le dedicaba tiempo, amistad, respeto, le retaba intelectualmente. Y pasados 3 años, Nabeel fue convenciéndose de que los Evangelios eran textos fiables y que, efectivamente, Jesús murió en la cruz (el Islam dice, como algún apócrifo tardío, que no fue él, sino un sustituto), que Jesús sí resucitó y que sí afirmaba ser Dios. 

¿Qué sabemos de la vida de Mahoma? Violencia y sensualidad
David entonces animó a Nabeel a hacer la prueba inversa: someter la vida de Mahoma y el Corán a una investigación histórica. Después de todo, ¿acaso no creía él en su religión sólo por lo que le habían enseñado sus padres y parientes, sin investigarlo?



"Cuando leí las fuentes, encontré que Mahoma no era el hombre que yo pensaba. La violencia y la sensualidad brotaban de las páginas de sus biografías más antiguas, las historias de la vida del hombre que yo reverenciaba como el más santo de la historia. Impactado por lo que descubría, empecé a buscar una defensa en el Corán. Pero allí mis cimientos se hundían igual de rápido. Yo confiaba en su conocimiento milagroso y preservación perfecta como signo de que estaba inspirado por Dios, pero ambas cosas fallaban".

"Guíame, Dios; ¿eres Alá o eres Jesús?"
Nabeel entonces colocó un Corán y una Biblia sobre una mesa y empezó a orar pidiendo a Dios que le guiase. Y lo hizo cada día, durante una año. "Dime quién eres. Si eres Alá, muéstrame como creer en ti. Si eres Jesús, dímelo. Seas quien seas, te seguiré, a cualquier coste", rezaba. 

Dios respondió, como a muchas otras personas (vea más casos aquí), con una visión y tres sueños. Nabeel explica el segundo, el más poderoso y expresivo. Veía una hermosa boda a través de una entrada muy estrecha. Quería entrar pero no podía, porque tenía que aceptar una invitación de boda de su amigo David y no lo había hecho. Cuando despertó, sabía lo que quería decir Dios. Pero lo vio confirmado cuando después encontró en la Biblia la parábola de la puerta estrecha, en Lucas 13,22, que no conocía. "Dios me indicaba dónde estaba yo". 

Optar por Cristo... perderlo todo
Pero ¿cómo dar el paso al cristianismo? No solo su familia se entristecería: todo el honor del clan quedaría hundido, toda la familia quedaría sin honor ante el resto de los musulmanes. "Mi decisión no solo me destruiría a mí, sino también a los que me amaban, los que se habían sacrificado tanto por mí". 

Miró el Corán, lo abrió, buscó orientación en él. "Por primera vez el libro parecía completamente irrelevante a mi sufrimiento, irrelevante para mi vida, era como un libro muerto".

Después empezó a leer abriendo por el Nuevo Testamento. Enseguida leyó: "Bienaventurados los que sufren, porque ellos serán consolados". Y después, en Mateo 10,37: "Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí". 

Nabeel pensó: "Pero, Jesús, aceptarte es dejarlo todo, es como morir". 

Y la Biblia respondía, en los siguientes versículos: "Quien no toma su cruz y me sigue no es digno de mí, quien ha encontrado su vida la perderá, y quien la pierde por mí la encontrará". 

"Era una llamada a morir. Me arrodillé al pie de mi cama y entregué mi vida. Pocos días después, las dos personas que más amaba quedaban sacudidas por mi traición, Aún hoy mi familia está rota por la decisión que hice, y es muy doloroso cada vez que veo el precio que he pagado". 

Amar hasta la muerte
Y sin embargo, escribe Nabeel: Dios me alcanzó, en investigaciones, sueños y visiones y me llamó a la oración en mi sufrimiento. Ahí encontré a Jesús. Seguirle vale dejarlo todo". Eso fue lo que predicaría a muchos, con valor, hasta su muerte a los 34 años. 



 Fuente: Religión en libertad

lunes, 18 de septiembre de 2017

Santo Evangelio 18 de septiembre 2017



Día litúrgico: Lunes XXIV del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 7,1-10): En aquel tiempo, cuando Jesús hubo acabado de dirigir todas estas palabras al pueblo, entró en Cafarnaúm. Se encontraba mal y a punto de morir un siervo de un centurión, muy querido de éste. Habiendo oído hablar de Jesús, envió donde Él unos ancianos de los judíos, para rogarle que viniera y salvara a su siervo. Éstos, llegando donde Jesús, le suplicaban insistentemente diciendo: «Merece que se lo concedas, porque ama a nuestro pueblo, y él mismo nos ha edificado la sinagoga». 

Jesús iba con ellos y, estando ya no lejos de la casa, envió el centurión a unos amigos a decirle: «Señor, no te molestes, porque no soy digno de que entres bajo mi techo, por eso ni siquiera me consideré digno de salir a tu encuentro. Mándalo de palabra, y quede sano mi criado. Porque también yo, que soy un subalterno, tengo soldados a mis órdenes, y digo a éste: ‘Vete’, y va; y a otro: ‘Ven’, y viene; y a mi siervo: ‘Haz esto’, y lo hace». 

Al oír esto Jesús, quedó admirado de él, y volviéndose dijo a la muchedumbre que le seguía: «Os digo que ni en Israel he encontrado una fe tan grande». Cuando los enviados volvieron a la casa, hallaron al siervo sano.


«Os digo que ni en Israel he encontrado una fe tan grande»
Fr. John A. SISTARE 
(Cumberland, Rhode Island, Estados Unidos)


Hoy, nos enfrentamos a una pregunta interesante. ¿Por qué razón el centurión del Evangelio no fue personalmente a encontrar a Jesús y, en cambio, envió por delante algunos notables de los judíos con la petición de que fuese a salvar a su criado? El mismo centurión responde por nosotros en el pasaje evangélico: Señor, «ni siquiera me consideré digno de salir a tu encuentro. Mándalo de palabra, y quede sano mi criado» (Lc 7,7). 

Aquel centurión poseía la virtud de la fe al creer que Jesús podría hacer el milagro —si así lo quería— con sólo su divina voluntad. La fe le hacía creer que, prescindiendo de allá donde Jesús pudiera hallarse, Él podría sanar al criado enfermo. Aquel centurión estaba muy convencido de que ninguna distancia podría impedir o detener a Jesucristo, si quería llevar a buen término su trabajo de salvación.

Nosotros también estamos llamados a tener la misma fe en nuestras vidas. Hay ocasiones en que podemos ser tentados a creer que Jesús está lejos y que no escucha nuestros ruegos. Sin embargo, la fe ilumina nuestras mentes y nuestros corazones haciéndonos creer que Jesús está siempre cerca para ayudarnos. De hecho, la presencia sanadora de Jesús en la Eucaristía ha de ser nuestro recordatorio permanente de que Jesús está siempre cerca de nosotros. San Agustín, con ojos de fe, creía en esa realidad: «Lo que vemos es el pan y el cáliz; eso es lo que tus ojos te señalan. Pero lo que tu fe te obliga a aceptar es que el pan es el Cuerpo de Jesucristo y que en el cáliz se encuentra la Sangre de Jesucristo». 

La fe ilumina nuestras mentes para hacernos ver la presencia de Jesús en medio de nosotros. Y, como aquel centurión, diremos: «Señor, no te molestes, porque no soy digno de que entres bajo mi techo» (Lc 7,6). Por tanto, si nos humillamos ante nuestro Señor y Salvador, Él viene y se acerca a curarnos. Así, dejemos a Jesús penetrar nuestro espíritu, en nuestra casa, para curar y fortalecer nuestra fe y para llevarnos hacia la vida eterna.

El padre Tom se emociona en la rueda de prensa al hablar a las calcutas de sus hermanas asesinadas


Pensó que habían muerto las cinco, le alegró saber que se salvó la hermana Sally

El padre Tom se emociona en la rueda de prensa al hablar a las calcutas de sus hermanas asesinadas

El padre Tom se emociona al hablar de las calcutas mártires en Yemen, por las que oró en el cautiverio

El padre Tom se emociona en la rueda de prensa al hablar a las calcutas de sus hermanas asesinadas

El misionero salesiano Thomas Uzhunnalil, secuestrado el 4 de marzo de 2016 en Yemen y liberado el pasado 12 de septiembre, ha explicado este sábado en rueda de prensa en la Casa de los salesianos en Roma, en vía de la Pisana, más datos sobre su cautiverio de 18 meses, que no fue reivindicado por Estado Islámico ni por Al Qeda. Se sigue sin saber quienes fueron los secuestradores, ni tampoco se conoce bien la causa de la liberación, aunque colaboraron las autoridades del sultanato Omán.

Se emocionó al recordar las misioneras asesinadas
El secuestro sucedió durante un ataque con disparos a una casa para enfermos de las Misioneras de la Caridad, popularmente llamadas "calcutas", en la ciudad de Adén, durante el cual 16 personas fueron asesinadas, incluyendo a cuatro hermanas de la orden fundada por Madre Teresa de Calcuta.


El drama vivido por el misionero salesiano se reflejó en los primeros instantes de la conferencia de prensa, cuando el padre Tom al referir su dolor a las Misioneras de la Caridad presentes en la sala, se emocionó hasta las lágrimas, quedando en silencio por varios instantes.

Ni maltratado ni apuntado con armas
“No fui maltratado, Jesús estaba conmigo”, “nunca me apuntaron un arma, sí soy diabético. No sabía donde estaba o quienes eran mis secuestradores”, dijo.


Ellos “me dijeron que tenían médicos y que me cuidarían”. Estaba “en un cuarto con una cama, me acompañaban a la toilette cuando necesitaba”. Los secuestradores le pidieron quién podría interesarse por él, si el obispo, el Papa, o algún otro. Después cambiaron de lugares en que lo retenían.

Sobre un video en el cual lo maltrataban, señaló que los mismos secuestradores le dijeron que no le haría mal, sino que era escenificación para suscitar interés por su liberación. Y asegura: “No fui maltratado”.


Le daban la medicina cuando necesitaba y “una vez me visitó un médico por la hipertensión causada por la diabetis”, dijo. Si bien entendió que para ellos también “era difícil encontrar las medicinas en la situación de guerra del país”. “El 18 de agosto celebré mi segundo cumpleaños estando prisionero”, recordó.

Rezaba por las misioneras fallecidas
“En el cuarto donde estaba encerrado celebraba la misa espiritualmente sin el pan y el vino y rezaba por el Papa, los obispos, sacerdotes, las misioneras muertas y también por mis captores”, aseguró.

“Pensaba que las cinco monjas habían sido asesinadas y rezaba por ellas”, pero de los captores después “supe que una se había salvado”. “Rezaba por ellas, seguro de que estaban en el Cielo”.

El sacerdote recordó que para darse ánimo repetía las palabras de una canción en inglés, “un día por vez, dadme la gracia de vivir este día”.

“Estoy como estoy hoy porque Dios me ha cuidado”, aseguró, y añadió: “Agradezco en nombre de Dios a quienes no me hicieron mal durante el secuestro y creo que fue debido a tantas personas que rezaban por mi”.


  Reenat Sandhu, la embajadora de la India en Italia, lleva flores al salesiano liberado

Técnico electrónico, repasaba circuitos mentalmente
Ocupaba también su tiempo, visto que es técnico electrónico, tratando de recordar los circuitos, o contando los segundos y para contabilizar los días, señaló, tomaba en cuenta las medicinas que iba tomando.

El último día de cautiverio le dieron ropa, le dijeron que lo iban a liberar y después de tres o cuatro horas en vehículo llegaron a una ruta asfaltada. Hicieron una parada larga y volvieron. Al día siguiente retornaron al mismo lugar, le entregaron a otros y le dijeron que estaba libre.

Desde allí cruzó el desierto en auto, en Omán le controlaron y posteriormente le llevaron en helicóptero hasta la base de la cual regresó en avión.

En la rueda de prensa estaba también el rector mayor de los Salesianos, Angel Fernández Artime. “No sabemos quien lo ha liberado”, dijo. “Supimos de repente por una llamada de un avión del sultanato que estaba llegando a Fiumicino”.

“Soy sacerdote –concluyó el padre Tom– y mi vida en el futuro está a disposición de Dios”.

(Publicado originariamente por agencia Zenit)

domingo, 17 de septiembre de 2017

Santo Evangelio 17 de septiembre 2017



Día litúrgico: Domingo XXIV (A) del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 18,21-35): En aquel tiempo, Pedro preguntó a Jesús: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?». Dícele Jesús: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por eso el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía 10.000 talentos. Como no tenía con qué pagar, ordenó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase. Entonces el siervo se echó a sus pies, y postrado le decía: ‘Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré’. Movido a compasión el señor de aquel siervo, le dejó en libertad y le perdonó la deuda. 

»Al salir de allí aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros, que le debía cien denarios; le agarró y, ahogándole, le decía: ‘Paga lo que debes’. Su compañero, cayendo a sus pies, le suplicaba: ‘Ten paciencia conmigo, que ya te pagaré’. Pero él no quiso, sino que fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase lo que debía. 

»Al ver sus compañeros lo ocurrido, se entristecieron mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido. Su señor entonces le mandó llamar y le dijo: ‘Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?’. Y encolerizado su señor, le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía. Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano».


«¿Cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano?»
Rev. P. Anastasio URQUIZA Fernández MCIU 
(Monterrey, México)



Hoy, en el Evangelio, Pedro consulta a Jesús sobre un tema muy concreto que sigue albergado en el corazón de muchas personas: pregunta por el límite del perdón. La respuesta es que no existe dicho límite: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete» (Mt 18,22). Para explicar esta realidad, Jesús emplea una parábola. La pregunta del rey centra el tema de la parábola: «¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?» (Mt 18,33).

El perdón es un don, una gracia que procede del amor y la misericordia de Dios. Para Jesús, el perdón no tiene límites, siempre y cuando el arrepentimiento sea sincero y veraz. Pero exige abrir el corazón a la conversión, es decir, obrar con los demás según los criterios de Dios.

El pecado grave nos aparta de Dios (cf. Catecismo de la Iglesia Católica n. 1470). El vehículo ordinario para recibir el perdón de ese pecado grave por parte de Dios es el sacramento de la Penitencia, y el acto del penitente que la corona es la satisfacción. Las obras propias que manifiestan la satisfacción son el signo del compromiso personal —que el cristiano ha asumido ante Dios— de comenzar una existencia nueva, reparando en lo posible los daños causados al prójimo.

No puede haber perdón del pecado sin algún genero de satisfacción, cuyo fin es: 1. Evitar deslizarse a otros pecados mas graves; 2. Rechazar el pecado (pues las penas satisfactorias son como un freno y hacen al penitente mas cauto y vigilante); 3. Quitar con los actos virtuosos los malos hábitos contraídos con el mal vivir; 4. Asemejarnos a Cristo. 

Como explicó santo Tomás de Aquino, el hombre es deudor con Dios por los beneficios recibidos, y por sus pecados cometidos. Por los primeros debe tributarle adoración y acción de gracias; y, por los segundos, satisfacción. El hombre de la parábola no estuvo dispuesto a realizar lo segundo, por lo tanto se hizo incapaz de recibir el perdón.

¿PERDONAR? ¡SÍ! PERO ¿CUÁNTO?


¿PERDONAR? ¡SÍ! PERO ¿CUÁNTO?

Por Javier Leoz

El domingo pasado nos quedábamos en una comunidad de hermanos que se aman, se necesitan y se perdonan. Y, como siempre, todo tiene un límite: la paciencia cuando se resquebraja, las personas cuando nos desbordamos, el vaso que rebosa de agua, el río que se sale de madre, el sol cuando calienta abundantemente y… el perdón cuando nos parece un lujo.

1.- Todos hemos tenido la experiencia de haber ofrecido el perdón y, a la vez, habernos quedarnos con una sensación de fracaso. Parece como si, aquel que perdona y olvida, es el que da su brazo a torcer. Pero Jesús, aun siendo Dios, nos enseña que la grandeza del hombre está en su capacidad perdonadora. El truco, o mejor dicho, el secreto, está en cerrar en más de una ocasión los ojos y, abrir con todas las consecuencias, el corazón. El amar sin límites de San Pablo, se complementa con el perdonar sin límites del evangelio de este domingo.

2.- Muchas veces solemos decir aquello de “perdono pero no olvido”. El perdón se hace más real y más puro cuando se desea para el otro todo lo mejor. El perdón, además de desatarnos de nuestros propios dioses, nos hace comprender, vivir, gustar y entender el gran amor que Dios siente por cada uno de nosotros. ¿Perdonas? Estás cerca de Dios. ¿No perdonas? Tu corazón no está totalmente ocupado por Dios.

El “sin límites” puede suponer en nuestra vida cristiana un imposible y un buscar justificaciones. A veces corremos el riesgo de creer, que Dios, entra en ese juego que nosotros mismos nos montamos. Como si se tratara de un partido de futbol donde, los hinchas de uno o de otro, pretenden que Dios les ayude frente al contrario.

3.- En este domingo, Jesús, nos propone a las claras que nos dejemos de evasivas y que practiquemos aquello que emana del corazón de Dios por los cuatro costados: yo os perdono… haced también vosotros lo mismo.

Si muchas heridas permanecen abiertas y sangrando (en nuestras familias, sociedad, iglesia, comunidades, parroquias, política, etc.,) es en parte por la pobreza de nuestra fe. Por la falta de comunión con Dios. Por mirarnos demasiado a nosotros mismos y también cuando dejamos tirados en la cuneta a muchas personas que han hecho tanto por nosotros.

Cuando se vive íntimamente unido a Él, no hay obstáculo insalvable ni ofensa gigantesca. Es como aquel peregrino que, deseando llegar hasta el final de su trayecto, se dedicaba constantemente a mirar a su izquierda y a su derecha perdiendo ritmo, fuerzas e ilusión. Un compañero se le acercó y le dijo: si miras al horizonte te irá mucho mejor y llegarás antes.

Con el perdón ocurre algo parecido. Mirando a Dios, vemos a los que nos rodean con ojos de hermanos. Olvidando a Dios, surge un cierto aire de insatisfacción de todo y de todos. No podemos ir en solitario. Apostar por la Iglesia, por la comunidad, por la parroquia, por ser cristiano…..nos exige y nos empuja a entrar por debajo del dintel del perdón. ¿Que muchas veces es imposible? ¡No si miramos a Dios! ¡Ay… si nos miramos a nosotros mismos!

sábado, 16 de septiembre de 2017

Santo Evangelio 16 de septiembre 2017



Día litúrgico: Sábado XXIII del tiempo ordinario

Santoral 16 de Septiembre: Santos Cornelio, papa, y Cipriano, obispo, mártires

Texto del Evangelio (Lc 6,43-49): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Porque no hay árbol bueno que dé fruto malo y, a la inversa, no hay árbol malo que dé fruto bueno. Cada árbol se conoce por su fruto. No se recogen higos de los espinos, ni de la zarza se vendimian uvas. El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca lo bueno, y el malo, del malo saca lo malo. Porque de lo que rebosa el corazón habla su boca.

»¿Por qué me llamáis: ‘Señor, Señor’, y no hacéis lo que digo? Todo el que venga a mí y oiga mis palabras y las ponga en práctica, os voy a mostrar a quién es semejante: Es semejante a un hombre que, al edificar una casa, cavó profundamente y puso los cimientos sobre roca. Al sobrevenir una inundación, rompió el torrente contra aquella casa, pero no pudo destruirla por estar bien edificada. Pero el que haya oído y no haya puesto en práctica, es semejante a un hombre que edificó una casa sobre tierra, sin cimientos, contra la que rompió el torrente y al instante se desplomó y fue grande la ruina de aquella casa».


«Cada árbol se conoce por su fruto»
P. Raimondo M. SORGIA Mannai OP 
(San Domenico di Fiesole, Florencia, Italia)


Hoy, el Señor nos sorprende haciendo “publicidad” de sí mismo. No es mi intención “escandalizar” a nadie con esta afirmación. Es nuestra publicidad terrenal lo que empequeñece a las cosas grandes y sobrenaturales. Es el prometer, por ejemplo, que dentro de unas semanas una persona gruesa pueda perder por lo menos cinco o seis kilos usando un determinado “producto-trampa” (u otras promesas milagrosas por el estilo) lo que nos hace mirar a la publicidad con ojos de sospecha. Mas, cuando uno tiene un “producto” garantizado al cien por cien, y —como el Señor— no vende nada a cambio de dinero sino solamente nos pide que le creamos tomándole como guía y modelo de un preciso estilo de vida, entonces esa “publicidad” no nos ha de sorprender y nos parecerá la más lícita del mundo. ¿No ha sido Jesús el más grande “publicitario” al decir de sí mismo «Yo soy la Vía, la Verdad y la Vida» (Jn 14,6)?

Hoy afirma que quien «venga a mí y oiga mis palabras y las ponga en práctica» es prudente, «semejante a un hombre que, al edificar una casa, cavó profundamente y puso los cimientos sobre roca» (Lc 6,47-48), de modo que obtiene una construcción sólida y firme, capaz de afrontar los golpes del mal tiempo. Si, por el contrario, quien edifica no tiene esa prudencia, acabará por encontrarse ante un montón de piedras derruidas, y si él mismo estaba al interior en el momento del choque de la lluvia fluvial, podrá perder no solamente la casa, sino además su propia vida.

Pero no basta acercarse a Jesús, sino que es necesario escuchar con la máxima atención sus enseñanzas y, sobre todo, ponerlas en práctica, porque incluso el curioso se le acerca, y también el hereje, el estudioso de historia o de filología... Pero será solamente acercándonos, escuchando y, sobre todo, practicando la doctrina de Jesús como levantaremos el edificio de la santidad cristiana, para ejemplo de fieles peregrinos y para gloria de la Iglesia celestial.