sábado, 19 de agosto de 2017

Santo Evangelio 19 de agosto 2017



Día litúrgico: Sábado XIX del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 19,13-15): En aquel tiempo, le presentaron a Jesús unos niños para que les impusiera las manos y orase; pero los discípulos les reñían. Mas Jesús les dijo: «Dejad que los niños vengan a mí, y no se lo impidáis porque de los que son como éstos es el Reino de los Cielos». Y, después de imponerles las manos, se fue de allí.


«Le presentaron a Jesús unos niños para que les impusiera las manos y orase; pero los discípulos les reñían»
Rev. D. Antoni CAROL i Hostench 
(Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)


Hoy nos es dado contemplar una escena que, desgraciadamente, es demasiado actual: «Le presentaron a Jesús unos niños para que les impusiera las manos y orase; pero los discípulos les reñían» (Mt 19,13). Jesús ama especialmente a los niños; nosotros, con los pobres razonamientos típicos de “gente mayor”, les impedimos acercarse a Jesús y al Padre: —¡Cuando sean mayores, si lo desean, ya escogerán...! Esto es un gran error.

Los pobres, es decir, los más carentes, los más necesitados, son objeto de particular predilección por parte del Señor. Y los niños, los pequeños son muy “pobres”. Son pobres de edad, son pobres de formación... Son indefensos. Por esto, la Iglesia —“Madre” nuestra— dispone que los padres lleven pronto a sus hijos a bautizar, para que el Espíritu Santo ponga morada en sus almas y entren en el calor de la comunidad de los creyentes. Así lo indican tanto el Catecismo de la Iglesia como el Código de Derecho Canónico, ordenamientos del máximo rango de la Iglesia (que, como toda comunidad, debe tener sus ordenamientos).

¡Pero no!: ¡cuando sean mayores! Es absurda esta manera de proceder. Y, si no, preguntémonos: —¿Qué comerá este niño? Lo que le ponga su madre, sin esperar a que el niño especifique qué es lo que prefiere. —¿Qué idioma hablará este niño? El que le hablen sus padres (de otra manera, el niño nunca podrá escoger ninguna lengua). —¿A qué escuela irá este niño? A la que sus padres le lleven, sin esperar que el chico defina los estudios que prefiere...

—¿Qué comió Jesús? Aquello que le puso su Madre, María. —¿Qué lengua habló Jesús? La de sus padres. —¿Qué religión aprendió y practicó el Niño Jesús? La de sus padres, la religión judía. Después, cuando ya fue mayor, pero gracias a la instrucción que había recibido de sus padres, fundó una nueva religión... Pero, primero, la de sus padres, como es natural.

Sin brazos, Adriana Macías es madre, escritora y conferenciante: no pierdas tiempo en quejas, dice..


Sin brazos, Adriana Macías es madre, escritora y conferenciante: no pierdas tiempo en quejas, dice..

Adriana Macías, mexicana, escritora motivacional, conferenciante, licenciada en derecho, madre alegre...

Sin brazos, Adriana Macías es madre, escritora y conferenciante: no pierdas tiempo en quejas, dice..

¿Cuántos minutos al dia utilizas para quejarte desde que suena el despertador? Quejarnos por pequeñeces, no nos da la oportunidad de ver la grandeza de la vida. No vale la pena quejarse por lo que no se tiene: hay que ser feliz con lo que se tiene y trabajar para mejorar. 

Esas son las enseñanzas que da la mexicana Adriana Macías (www.adrianamacias.com), a partir de su experiencia de una vida sin brazos, una vida de esfuerzos, buen humor y creatividad que le ha llevado a licenciarse en derecho, ser autora de varios libros, ser madre de una niña que la llena de alegría y contagiar su "receta" en conferencias y charlas sobre superación. 


Adriana maneja con gran destreza sus pies, para escribir, cocinar o maquillarse o para cambiar pañales al bebé. 

"Las barbies fueron mi terapia: con ellas aprendí..."
Sus padres le pagaron unas prótesis, pero Adriana nunca se acabó de adaptar a ellas.

“Los doctores no tenían la visión de que pudiera hacer todo con los pies, pero yo ya tenía mucha práctica por mis juegos: las Barbies fueron mi mejor terapia porque con ellas aprendí a peinar, a vestir, a abrochar botones, cosas que luego hice conmigo. Por eso cuando iba a las terapias y los médicos me dejaban sola, me quitaba los zapatos y hacía todo con los pies para irme rapidito. Lo primero que aprendí a hacer con las prótesis fue a quitármelas”, reconoce. Dice que le quedaban feas. “Yo quería ser la princesa del cuento, no el capitán Garfio”. 


Pensaba que los brazos le crecerían algún día
Curiosamente, Adriana de niña creía que sus brazos le iban a crecer en algún momento: “si mis papás tenían brazos, si mi hermana tenía brazos, si los demás tenían brazos, pues a mí me iban a salir brazos. Si me crecía el pelo, si me hacía una herida y me salía piel, pues me iban a salir los brazos”, cuenta Adriana. Pero no fue así y eso le causó una “profunda decepción“.

Aunque al final usó las prótesis en la escuela y aprendió a escribir con ellas a los 20 años volvió a dejar de usar sus “manos postizas” para dar más protagonismo a sus pies. “Y tengo mejor letra con los pies, eh”, cuenta sonriendo en La Vanguardia.  

“Cuando te das cuenta de que siempre vas a estar sin brazos es complicado, sobre todo en la adolescencia. Tenía miedo, no por la discapacidad en sí, sino por ser incapaz de cumplir mis sueños. Pero con buena actitud es posible y así lo he querido demostrar”.


Romper la etiqueta: los pies sobre la mesa
“El primer día que fui a la Universidad, acudí sin ellas y fue un shock de emociones. Hubo que superar el reto del qué dirán, romper la etiqueta de que los pies no se suben a la mesa, pero gracias a los amigos, al buen humor y a una actitud positiva lo logré”, relata. 

Se siente llena del cariño de su familia. Su sentido del humor y el aprender a “burlarse” de ella misma (en el buen sentido de la palabra), han sido fundamentales para convertirse en la exitosa mujer que es a día de hoy.

Consciente de que existen más personas con su mismo problema, Macías se dedica a viajar de ciudad en ciudad dando charlas motivacionales que arrancan la sonrisa de todo el que asiste al auditorio. 

Testimonios hermosos como el de Adriana, el de la niña cantante Lorelai Mosnegutu, el arquero Matt Stutzman o la bailarina y pintora Simona Atzori muestran la fuerza del espíritu humano sobre muchas limitaciones de la carne y del cuerpo y dejan sin argumentación a aquellos que dicen que es necesario abortar a los bebés con malformaciones o los que proclaman fanáticamente, como la escritora abortista Rosa Regás, que las personas sin brazos son "monstruos". El miedo se vence con testimonios de vida. 



viernes, 18 de agosto de 2017

Santo Evangelio 18 de agosto 2017



Día litúrgico: Viernes XIX del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 19,3-12): En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos fariseos que, para ponerle a prueba, le dijeron: «¿Puede uno repudiar a su mujer por un motivo cualquiera?». Él respondió: «¿No habéis leído que el Creador, desde el comienzo, los hizo varón y hembra, y que dijo: Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne? De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió no lo separe el hombre». 

Dícenle: «Pues ¿por qué Moisés prescribió dar acta de divorcio y repudiarla?». Díceles: «Moisés, teniendo en cuenta la dureza de vuestro corazón, os permitió repudiar a vuestras mujeres; pero al principio no fue así. Ahora bien, os digo que quien repudie a su mujer -no por fornicación- y se case con otra, comete adulterio». 

Dícenle sus discípulos: «Si tal es la condición del hombre respecto de su mujer, no trae cuenta casarse». Pero Él les dijo: «No todos entienden este lenguaje, sino aquellos a quienes se les ha concedido. Porque hay eunucos que nacieron así del seno materno, y hay eunucos que se hicieron tales a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien pueda entender, que entienda».


«Pues bien, lo que Dios unió no lo separe el hombre»
Fr. Roger J. LANDRY 
(Hyannis, Massachusetts, Estados Unidos)



Hoy, Jesús contesta a las preguntas de sus contemporáneos acerca del verdadero significado del matrimonio, subrayando la indisolubilidad del mismo.

Su respuesta, sin embargo, también proporciona la base adecuada para que los cristianos podamos responder a aquellos que intentan buscar la ampliación de la definición de matrimonio para las parejas homosexuales.

Al hacer retroceder el matrimonio al plan original de Dios, Jesús subraya cuatro aspectos relevantes por los cuales sólo pueden ser unidos en matrimonio un hombre y una mujer:

1) «El Creador, desde el comienzo, los hizo varón y hembra» (Mt 19,4). Jesús nos enseña que, en el plan divino, la masculinidad y la feminidad tienen un gran significado. Ignorarlo, pues, es ignorar lo que somos.

2) «Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer» (Mt 19,5). El plan de Dios no es que el hombre abandone a sus padres y se vaya con quien desee, sino con una esposa.

3) «De manera que ya no son dos, sino una sola carne» (Mt 19,6). Esta unión corporal va más allá de la poco duradera unión física que ocurre en el acto conyugal. Se refiere a la unión duradera que se presenta cuando un hombre y una mujer, a través de su amor, conciben una nueva vida que es el matrimonio perdurable o unión de sus cuerpos. Es obvio que un hombre con otro hombre, o una mujer con otra mujer, no pueden considerarse un único cuerpo de esa forma.

4) «Pues lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre» (Mt 19,6). Dios mismo ha unido en matrimonio al hombre y a la mujer, y siempre que intentemos separar lo que Él ha unido, lo estaremos haciendo por nuestra cuenta y a expensas de la sociedad.

En su catequesis sobre el Génesis, el Papa San Juan Pablo II dijo: «En su respuesta a los fariseos, Jesucristo plantea a sus interlocutores la visión total del hombre, sin la cual no es posible ofrecer una respuesta adecuada a las preguntas relacionadas con el matrimonio».

Cada uno de nosotros está llamado a ser el “eco” de esta Palabra de Dios en nuestro momento.

Engañó a su mujer y se arrepintió, pero ella no le perdona: así vive un separado fiel al sacramento


Engañó a su mujer y se arrepintió, pero ella no le perdona: así vive un separado fiel al sacramento

La fidelidad al compromiso adquirido en el sacramento, aunque la otra parte ya no te ame, es prenda de eternidad para ambos.


Se casó en enero de 2000, con 34 años, con una mujer de 33. Graziano relata a Benedetta Frigerio en La Nuova Bussola Quotidiana cómo el diablo golpeó a su familia, también "gracias a la ignorancia que yo tenía de cómo actúa". Tras traicionar a su esposa, incapaz de encontrar una palabra que le ayudara entre los sacerdotes en los que confiaba, "descubrió en la Virgen a la madre que me salvó al hacerme comprender que tenía que volver con mi esposa", la cual, sin embargo, "no me perdonó". Por esto hoy Graziano vive solo, "siendo fiel a mi mujer porque en esta fidelidad Cristo nos une y aunque sufro, encuentro felicidad en Él porque sé que estaré con ella en la Eternidad".

-Graziano, ¿cómo maduró la idea de contraer matrimonio?
-Yo tenía a mis espaldas un matrimonio precedente sin hijos y que había sido considerado nulo; estaba seguro de que si no había funcionado era porque el sacramento nunca había existido. Sabía que tras la nulidad mi único camino era el matrimonio sacramental y aún sigo pensándolo: no me equivoqué al casarme, me equivoqué al ser infiel y traicionar.  

-¿Cómo surgió la crisis entre usted y su esposa?
-Mi mujer y yo tuvimos enseguida una hija. Los primeros años fueron tranquilos: yo trabajaba mientras que mi esposa eligió quedarse en casa con nuestra hija. Siete años más tarde nació nuestra segunda hija. En ese momento empecé a sentir una especie de insatisfacción: me sentía solo porque mi mujer no participaba en lo que hacía y en lo que le proponía. Fue fácil desear algo para mí mismo, pensar continuamente en "tengo que tener", en "me gustaría que tú estuvieras, que tú hicieras". Es una tentación diabólica que alimenté sin saber que era el diablo. Miraba a mi mujer y la comparaba con la época en que la conocí: había cambiado tanto en el físico que un día le pregunté si no le importaba su aspecto. También la doctora la había exhortado a cuidarse sin olvidarse de sus problemas físicos, pero no hizo caso. El hecho que para ella cualquier cosa fuera un problema me cortaba la respiración, porque deseaba vitalidad, luminosidad.

-Se comprende que también la mujer tiene responsabilidades: cuidarse, sacrificarse por el marido, apoyarle en lo que hace...
-Sí, una mujer puede equivocarse, como puede hacerlo un hombre, favoreciendo la tentación de evadirse, pero yo acepto todas mis responsabilidades. Precisamente en ese difícil momento llegó a mi vida una persona con la que hubo una sintonía inmediata. Era paciente mía, separada con dos hijas pequeñas. Se había alejado de Dios y nuestra amistad la acercó de nuevo a Él. Volvió a la confesión y a misa. El diablo utilizó mi propensión a ayudar a los otros para hacerme caer en un adulterio. Sin embargo, en lo más hondo de uno mismo, uno sabe cuándo una relación puede ir más allá: y así fue. En 2009 me fui de casa (mi mujer comprendió todo desde el principio, hubo una pelea inmediata), a vivir solo. 

-¿No pensaba en sus hijas?
-Claro que sí, pero pensaba también que podrían vivir con otra persona.

-¿A pesar de su fe católica?
-Estaba totalmente obnubilado. No veía nada más. Es lo que hace el diablo. La comprensión espiritual con esa mujer era tan fuerte que rezaba con ella como no lo había hecho nunca con mi esposa y me decía: "¡Qué bonito! Por fin alguien que reza conmigo, ¡esto sólo puede ser voluntad de Dios!". El diablo, muy listo, no me quitó la oración; al contrario, me hizo vivir bajo una apariencia cristiana. Por esto veía también a mis hijas dentro de esta unión como si fuera un bien para ellas. Me había olvidado de los mandamientos de Dios (no cometerás adulterio), que son la brújula de toda situación para juzgar si es buena o no.

-¿Cómo reaccionaron sus hermanos cristianos? ¿Alguno intentó que entrara en razón?
-Era ministro y formador en la fraternidad de los terciarios franciscanos, en Monza. Ninguno de los hermanos laicos preguntó cómo había sucedido que un hermano suyo hubiera podido caer así. Me abandonaron y me dijeron que me fuera. Nadie me dijo: "Pero, ¿qué estás haciendo?". Un padre espiritual franciscano, en lugar de exhortarme al arrepentimiento ("adulterio" es una palabra que no oí salir nunca de boca de nadie), me dijo que si era mi voluntad acercarme a la Eucaristía, que debería hacerlo en una iglesia en la que no fuera conocido. ¡Cuánto me hubiera gustado encontrar a un Padre Pío que me hubiera dado de patadas! En cambio, nadie puso ante mí la realidad. El mal estuvo en esto. Necesitaba que alguien condenara totalmente esta unión, que me hablara de pecado, de infierno. 

-¿Cómo salió de esta relación?
-En el fondo de mi corazón buscaba a alguien que me dijera la verdad, porque yo estaba inmerso en la confusión. Creo que el hecho de no haber dejado de rezar (aunque fuera de manera interesada) me salvó, haciendo que sintiera que había algo que no estaba bien. También me ayudó el hecho de vivir solo. Un día ya no pude más, me puse delante de la Virgen y le dije: "Mira, dado que también mi madre carnal me ha abandonado y ya no tengo una fraternidad, te pido: acógeme tú y hazme comprender cuál es el camino correcto". El diablo ya no pudo hacer nada más y, de hecho, una autopista se abrió ante mí. Si se quiere la vida y la fe, basta poner la propia voluntad en manos de María. 

-¿Por qué? ¿Qué sucedió?
-Era el 17 de mayo de 2010 y unos días después comprendí todo el daño que había causado. Como dice San Pablo, en un instante se me cayeron las escamas de los ojos. La mujer con la que tenía una relación se alejó: le dije que se había acabado. Sentía todo el peso del mal que había cometido hacia mi mujer, mis hijas, mi familia y amigos. Agarré el teléfono y le dije a mi esposa: "Te pido perdón por todo el daño que te he hecho, soy totalmente responsable de lo que ha sucedido y deseo volver a casa". Pero ella me dijo: "No, ha sido demasiado duro, tengo que pensar". Acepté, reiterando que estaba arrepentido y que quería volver a empezar.

-Es difícil que una crisis aparezca de un día para otro. ¿Su mujer nunca se preguntó qué había sucedido?
-Por desgracia, no. Se ha escudado bajo su dolor echándome en cara mis culpas. Sin embargo, lo repito: la responsabilidad de cuanto ha sucedido es sobre todo mía.

-Ocho años después, ¿cómo es la relación con su esposa?
-Al rechazar el perdón, con el paso del tiempo empezó a sentir una oposición aún mayor. Mi mujer no sólo se alejó de mí, sino que también se alejó de Dios y de la fe. Éste es, para mí, el dolor más grande, por lo que he decidido entregar totalmente mi vida en la fidelidad al Señor y a ella. Estoy convencido que mi sacrificio no será en vano. Estoy viviendo una unión profunda con ella y le doy gracias a Dios.

-¿Una unión profunda estando separados? Es un buen oxímoron...
-La fidelidad a Dios cuesta, pero recompensa: es una ofrenda de amor. "Nadie tiene un amor más grande que éste: dar la vida por los amigos", dice Jesús; significa dársela a Él en la fidelidad al sacramento. Amar como ama Cristo: una capacidad que viene del don del sacramento que se alimenta a través de la fidelidad en la buena y en la mala suerte, mediante la oración común y la Eucaristía. Así estoy celebrando las nupcias: estoy unido al Esposo y a mi esposa. Aunque ella no lo sepa, el Señor sujeta nuestras manos. 

-¿Por qué cosas reza hoy en día?
-Antes rezaba esto: "Hazme volver a casa". Ahora pido: "Haz que te ame de nuevo, Señor". Él hará el resto. 

-En su opinión, ¿no existen matrimonios fracasados?
-No, porque con la separación nunca acaba todo: cuando nos casamos, la presencia del Señor es tan real y vital que une a los dos esposos para siempre. Nunca hay un final y te debes entregar a Dios por el otro sin condiciones, como has prometido, es decir, incluso si el otro no te quiere. Mi vida, hoy, es esto. Por lo tanto, no es una renuncia al amor de otra mujer, sino que es permanecer en Su amor presente en el sacramento. Y es verdad porque soy feliz, estoy lleno de fuerza y esperanza, también en esta condición. La perspectiva de la eternidad me hace capaz de ofrecer pocos años de sufrimiento para ganar la felicidad eterna.

-¿Qué les diría a los novios y a los esposos?
-Es necesario rezar juntos y recibir los sacramentos; pero, sobre todo, "hacer juntos" incluso si cuesta: por lo tanto, donarse al otro y morir por el otro. Lo que significa rezar siempre, pero con obras. El matrimonio es una palestra para que nos perdamos a nosotros mismos y nos donemos totalmente recibiendo el céntuplo: "Quien quiera salvar la propia vida, la perderá; y quien quiera perder la propia vida, la salvará". Por lo tanto, piérdete, acogiendo todo del otro, menos el pecado: que la mujer sea sumisa en todo menos en el pecado y que el hombre esté dispuesto morir por ella. Sois cónyuges, que viene de "iugum", el yugo que se pone en el cuello de dos bueyes, no en uno solo. Significa que si uno va más lento, el otro debe esperar, intentando comprender qué hay en el corazón del cónyuge sin darle tirones. Y si quieres que el otro cambie, pide cambiar tú también; si no lo haces significa que no quieres al otro, sino a ti mismo. Decid: "Señor, una sola cosa te pido: el paraíso juntos". Por esto estoy dispuesto a pagar con cualquier cosa.

-¿Qué piensa de los hijos que viven la separación o el divorcio de sus progenitores?
-Que sufren y que para ayudarles es necesario seguir mantenendo la estima del cónyuge. Mi hija más pequeña se enfada porque su madre no me quiere, pero yo le digo: "Si tu madre siente esto, hay que respetarla, como la respeta Jesús; pero podemos rezar para que Él, lentamente, entre en el corazón de las personas. Ten paciencia". Después le digo que no pasa nada si su madre no quiere que hable demasiado tiempo por teléfono conmigo. Cuelgo y la saludo con alegría, no dramatizo. Me impresiona porque a menudo mi hija repite: "Tú estás siempre contento y vas a la iglesia; mamá, que no va, es infeliz". Creo que así, en su dolor, los hijos pueden madurar mucha esperanza y comprender qué es el amor: recibir el de Jesús para pensar sólo en el bien del otro, aunque el otro no te quiera. Esto les enseño, para que ante cualquier dificultad, fracaso o dolor de la vida sepan que amando así, arraigadas en Cristo, tendrán siempre la alegría en su corazón. 

-En resumen, hay algo bueno en tanto mal causado...
-He sido transformado, tengo la alegría que antes no tenía. Dios ha utilizado un mal del que me he arrepentido para hacer algo grande. Digamos que mi corazón ha cambiado gracias a la Virgen, que me hizo conocer a un sacerdote a través del cual hice una experiencia increíble de perdón (confesar el adulterio fue como sentir que un peso asqueroso salía de mí: fue una liberación), por lo que me consagré a la Virgen haciendo voto de obediencia y castidad. Fue María la que de verdad me llevó a Jesús; aunque antes era terciario franciscano, vivía alejado de Él. Cuatro años después intenté volver a la fraternidad, pero no me dejaron. "Señor -le había dicho-, si me quieres allí, bien; si no, ponme donde quieras". Así encontré otra casa, la Asociación Separados Fieles, en la que estoy realizando un camino precioso. Aquí oí decir que somos los nuevos mártires de leones que están presentes no sólo fuera, sino también en la Iglesia, que ve a los separados fieles como locos. Pero yo creo que todo esto es una locura sólo para quien no tiene fe en el Paraíso. 

Traducción de Helena Faccia Serrano.

jueves, 17 de agosto de 2017

Santo Evangelio 17 de agosto 2017


Día litúrgico: Jueves XIX del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 18,21—19,1): En aquel tiempo, Pedro preguntó a Jesús: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?». Dícele Jesús: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por eso el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía 10.000 talentos. Como no tenía con qué pagar, ordenó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase. Entonces el siervo se echó a sus pies, y postrado le decía: «Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré». Movido a compasión el señor de aquel siervo, le dejó en libertad y le perdonó la deuda. 

»Al salir de allí aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros, que le debía cien denarios; le agarró y, ahogándole, le decía: «Paga lo que debes». Su compañero, cayendo a sus pies, le suplicaba: «Ten paciencia conmigo, que ya te pagaré». Pero él no quiso, sino que fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase lo que debía. Al ver sus compañeros lo ocurrido, se entristecieron mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido. Su señor entonces le mandó llamar y le dijo: «Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?». Y encolerizado su señor, le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía. Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano».

Y sucedió que, cuando acabó Jesús estos discursos, partió de Galilea y fue a la región de Judea, al otro lado del Jordán.


«Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano?»
Rev. D. Joan BLADÉ i Piñol 
(Barcelona, España)


Hoy, preguntar «¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano?» (Mt 18,21), puede significar: —Éstos a quienes tanto amo, los veo también con manías y caprichos que me molestan, me importunan cada dos por tres, no me hablan... Y esto un día y otro día. Señor, ¿hasta cuándo los he de aguantar?

Jesús contesta con la lección de la paciencia. En realidad, los dos colegas coinciden cuando dicen: «Ten paciencia conmigo» (Mt 18,26.29). Mientras la intemperancia del malvado, que ahogaba al otro por poca cosa, le ocasiona la ruina moral y económica, la paciencia del rey, a la vez que salva al deudor, a la familia y sus bienes, engrandece la personalidad del monarca y le genera la confianza de la corte. La reacción del rey, en labios de Jesús, nos recuerda aquello del libro de los Salmos: «Mas el perdón se halla junto a ti, para que seas temido» (Sal 130,4).

Está claro que nos hemos de oponer a la injusticia, y, si es necesario, enérgicamente (soportar el mal sería un indicio de apatía o de cobardía). Pero la indignación es sana cuando en ella no hay egoísmo, ni ira, ni necedad, sino deseo recto de defender la verdad. La auténtica paciencia es la que nos lleva a soportar misericordiosamente la contradicción, la debilidad, las molestias, las faltas de oportunidad de las personas, de los acontecimientos o de las cosas. Ser paciente equivale a dominarse a uno mismo. Los seres susceptibles o violentos no pueden ser pacientes porque ni reflexionan ni son amos de sí mismos.

La paciencia es una virtud cristiana porque forma parte del mensaje del Reino de los cielos, y se forja en la experiencia de que todo el mundo tenemos defectos. Si Pablo nos exhorta a soportarnos los unos a los otros (cf. Col 3,12-13), Pedro nos recuerda que la paciencia del Señor nos da la oportunidad de salvarnos (cf. 2Pe 3,15).

Ciertamente, ¡cuántas veces la paciencia del buen Dios nos ha perdonado en el confesionario! ¿Siete veces? ¿Setenta veces siete? ¡Quizá más!

Hematóloga y atea, su aportación fue crucial para decidir un milagro: lo cuenta en el New York Times


Hematóloga y atea, su aportación fue crucial para decidir un milagro: lo cuenta en el New York Times

La doctora Jacalyn Duffin vive una doble vocación médica: la hematología y la historia.

Hematóloga y atea, su aportación fue crucial para decidir un milagro: lo cuenta en el New York Times

Jacalyn Duffin es canadiense, hematóloga y experta en Historia de la Medicina. Y además, una atea que cree en los milagros. No es que ella crea que Dios los hace (por eso es atea), simplemente los ha tenido entre sus manos. Y fue la primera sorprendida cuando vio la actitud de la Iglesia ante ellos, de escepticismo y confianza en el juicio de los médicos, creyentes o no.

La doctora Duffin contó el pasado lunes en The New York Times cómo se vio involucrada en la investigación de uno de ellos. Traducimos a continuación el artículo, que constituye un testimonio imprescindible: 

REFLEXIONANDO SOBRE LOS MILAGROS, MÉDICOS Y RELIGIOSOS
No había posibilidad de error en la significación diagnóstica de esa pequeña rayita roja dentro de la célula azul oscuro: el bastón de Auer implicaba que la misteriosa paciente tenía una leucemia mieloide aguda. A medida que pasaban las imágenes, su médula ósea contaba la historia: tratamiento, remisión, recaída, tratamiento, remisión, remisión, remisión.


Yo estaba interpretaando estas muestras de médula en 1987, pero habían sido extraídas en 1978 y 1979. La media de supervivencia de esa enfermedad letal con tratamiento estaba en torno a 18 meses; sin embargo, dado que ya había recaído una vez, supe que tenía que estar muerta. Probablemente alguien había planteado una demanda judicial, y por eso mis colegas hematólogos me habían pedido una interpretación a ciegas.

Suponiendo que tendría lugar una agresiva revisión contradictoria ante un tribunal, en mi informe insistí en que ni conocía la historia ni sabía para qué estaba interpretando las muestras. Una vez entregado el trabajo, pregunté a la médico de cabecera de qué se trataba. Ella sonrió y dijo que mi informe se había enviado al Vaticano. Este caso de leucemia estaba siendo estudiado como el milagro definitivo en el dossier de Marie-Marguerite d’Youville, fundadora de la Orden de las Hermanas de la Caridad de Montreal y candidata a convertirse en el primer santo nacido en Canadá.


Santa María Margarita d'Youville (1701-1771) .

Como en el caso de la Madre Teresa, que fue canonizada el domingo por el Papa Francisco, los milagros todavía se utilizan como prueba de que el candidato está en el cielo y ha intercedido ante Dios en respuesta a una petición. Normalmente se exigen dos milagros, que suelen ser curaciones que carecen de una explicación natural. En el caso de la Madre Teresa, el Vaticano concluyó que las oraciones dirigidas a ella condujeron a la desaparición de un tumor incurable en una mujer india y a la recuperación repentina de un brasileño con una infección cerebral.

El “milagro” atribuido a D’Youville ya había sido rechazado una vez por el comité médico del Vaticano, a quien no convencía la historia de una primera remisión, una recaída, y una segunda remisión más prolongada. Los clérigos argumentaban que nunca había recaído y que su supervivencia tras la primera remisión era rara pero no imposible. Pero el comité y los defensores de la beata coincidieron en que una interpretación “a ciegas” de las pruebas por otro experto podría servir para reconsiderarlo. Cuando mi informe confirmó lo que habían hallado los médicos de Ottawa, a saber, que ella realmente había tenido una pequeña remisión y luego había recaído, la paciente, que había rezado a D’Youville pidiendo ayuda y, contra todo pronóstico, seguía viva, quiso que yo testificara.

El tribunal que me interrogó no era jurídico, sino eclesiástico. No se me preguntó por mi fe. (Para que conste: soy atea.) No se me preguntó si se trataba de un milagro. Se me preguntó si podía explicarlo científicamente. No pude, aunque había acudido a prestar testimonio armada con la más actualizada literatura hematológica, que mostraba que no se conocían supervivencias largas posteriores a recaídas.

Cuando, al final, el comité vaticano me preguntó si tenía algo que añadir, yo les espeté que, si bien su supervivencia, tan prolongada, era extraordinaria, estaba convencida de que más pronto o más tarde recaería. ¿Qué haría entonces el Vaticano? ¿Revocaría la canonización? Los clérigos registraron mis dudas. Pero el caso siguió adelante y D’Youville fue canonizada el 9 de diciembre de 1990.

 


La doctora Duffin fue invitada a la canonización de Sor Margarita D'Youville.

Esa experiencia como hematóloga me condujo a un proyecto de investigación que llevé a cabo en mi otra faceta, la de historiadora de la Medicina. Tenía curiosidad. ¿Qué otros milagros se habían utilizado en pasadas canonizaciones? ¿Cuántas eran curaciones? ¿Cuántas implicaban tratamientos actualizados? ¿Cuántas fueron atendidas por médicos escépticos como yo? ¿Cómo había ido cambiando todo eso con el paso del tiempo? ¿Podemos ahora explicar esos desenlaces?

Durante cientos de horas en los archivos del Vaticano, estudié los expedientes de más de 1400 investigaciones de milagros, al menos uno por cada canonización entre 1588 y 1999. Una amplia mayoría (93% del total y 96% de los del siglo XX) eran historias de recuperación de una enfermedad o lesión, tratamientos detallados y testimonios de médicos desconcertados.


En 2009, la Universidad de Oxford publicó la investigación de Jacalyn: Milagros médicos: doctores, santos y curación en el mundo moderno.

Si una persona enferma se recupera por medio de la oración y sin la Medicina, eso está muy bien, pero no es un milagro. Tiene que estar enferma o moribunda a pesar de recibir el mejor de los cuidados. La Iglesia no encuentra incompatibilidad entre la medicina científica y la fe religiosa; para los creyentes, la medicina es sólo una más de las manifestaciones de la obra de Dios en la tierra. Contra toda lógica, pues, este antiguo proceso religioso, dirigido a celebrar vidas ejemplares, es rehén de la sabiduría relativista y de las opiniones temporales de la ciencia moderna. Los médicos, como testigos imparciales y como parte no alineada, son necesarios para corroborar las expectativas de los esperanzados candidatos. Sólo por esa razón, las historias de enfermedad coronan las alegaciones milagrosas. Nunca esperé ese escepticismo a la contra y ese énfasis en la ciencia dentro de la Iglesia.


La doctora Duffin es hoy catedrática de Historia de la Medicina en la Universidad de Queen, en Kingston (Canadá). 

También aprendí más cosas sobre la medicina y sus paralelismos con la religión. Ambos son sistemas elaborados y evolucionados de creencias. La medicina tiene su raíz en las explicaciones naturales y las causas, incluso en ausencia de una prueba definitiva. La religión se define por lo sobrenatural y la posibilidad de trascendencia. Ambas se dirigen a nuestros apuros como mortales que sufren: una para retrasar la muerte y aliviar los síntomas, la otra para consolarnos y reconciliarnos con el dolor y la pérdida.

El respeto por nuestros pacientes religiosos exige comprensión y tolerancia; sus creencias son tan verdaderas para ellos como los “hechos” pueden serlo para los médicos. Hoy, casi 40 años después, esa mujer misteriosa sigue todavía viva y yo todavía no puedo explicar por qué. En línea con el Vaticano, ella lo llama milagro. ¿Por qué mi incapacidad para ofrecer una explicación tendría que imponerse sobre su creencia? Se interpreten como se interpreten, los milagros existen, porque es así como son vividos en nuestro mundo.

Traducción de Carmelo López-Arias.

Fuente: Religión en Libertad

miércoles, 16 de agosto de 2017

Santo Evangelio 16 de agosto 2017



Día litúrgico: Miércoles XIX del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 18,15-20): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele, a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, toma todavía contigo uno o dos, para que todo asunto quede zanjado por la palabra de dos o tres testigos. Si les desoye a ellos, díselo a la comunidad. Y si hasta a la comunidad desoye, sea para ti como el gentil y el publicano. Yo os aseguro: todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo. Os aseguro también que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».


«Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele, a solas tú con él (...) donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos»
Rev. D. Pedro-José YNARAJA i Díaz 
(El Montanyà, Barcelona, España)


Hoy, en este breve fragmento evangélico, el Señor nos enseña tres importantes formas de proceder, que frecuentemente se ignoran.

Comprensión y advertencia al amigo o al colega. Hacerle ver, en discreta intimidad («a solas tú con él»), con claridad («repréndele»), su equivocado proceder para que enderece el camino de su vida. Acudir a la colaboración de un amigo, si la primera gestión no ha dado resultado. Si ni aun con este obrar se logra su conversión y si su pecar escandaliza, no hay que dudar en ejercer la denuncia profética y pública, que hoy puede ser una carta al director de una publicación, una manifestación, una pancarta. Esta manera de obrar deviene exigencia para el mismo que la practica, y frecuentemente es ingrata e incómoda. Por todo ello es más fácil escoger lo que llamamos equivocadamente “caridad cristiana”, que acostumbra a ser puro escapismo, comodidad, cobardía, falsa tolerancia. De hecho, «está reservada la misma pena para los que hacen el mal y para los que lo consienten» (San Bernardo).

Todo cristiano tiene el derecho a solicitar de nosotros los presbíteros el perdón de Dios y de su Iglesia. El psicólogo, en un momento determinado, puede apaciguar su estado de ánimo; el psiquiatra en acto médico puede conseguir vencer un trastorno endógeno. Ambas cosas son muy útiles, pero no suficientes en determinadas ocasiones. Sólo Dios es capaz de perdonar, borrar, olvidar, pulverizar destruyendo, el pecado personal. Y su Iglesia atar o desatar comportamientos, trascendiendo la sentencia en el Cielo. Y con ello gozar de la paz interior y empezar a ser feliz.

En las manos y palabras del presbítero está el privilegio de tomar el pan y que Jesús-Eucaristía realmente sea presencia y alimento. Cualquier discípulo del Reino puede unirse a otro, o mejor a muchos, y con fervor, Fe, coraje y Esperanza, sumergirse en el mundo y convertirlo en el verdadero cuerpo del Jesús-Místico. Y en su compañía acudir a Dios Padre que escuchará las súplicas, pues su Hijo se comprometió a ello, «porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18,20).